¿Todos somos Kalimba?

El tema ya está en todos lados: en la tele, en las primeras planas, en los chistes, en las pláticas informales… Resulta que el niño actor que pasó a estrella pop es, de la noche a la mañana, un violador de la peor calaña. La gente opina, toma partido, se burla del pinche negro o se compadece del pobre negrito. Yo tengo mi opinión al respecto, pero eso no viene al caso; lo que realmente quiero decir es que el caso da para diagnosticar el estado de la sociedad, que es todo menos sano.

En primer lugar, la importancia que ha cobrado la noticia en los medios denuncia nuestra ignorancia, nuestra incapacidad para ocuparnos de las cosas de verdad relevantes. ¿Por qué concentrarnos en los problemas que no hemos sabido resolver? ¿Por qué cuestionar a las instituciones que, a todas luces, están cometiendo atropellos y despilfarros? No: lo de hoy es discutir acerca de la inocencia o culpabilidad de una estrella pop que, para colmo, ni siquiera es rutilante que digamos. En pocas palabras, ¿cuál es la relevancia de Kalimba contra lo que pasa a diario en el país?

En segundo lugar, el caso expone nuestra total falta de sentido de la legalidad. ¿Cuántos delincuentes andan sueltos, sin que a nadie le quite el sueño? ¿Cuántos inocentes están presos, sin posibilidad de redención? Sin embargo, eso no nos preocupa, no. Lo importante es que en el caso Kalimba se haga justicia, que no quede impune aunque sea famoso… ¿y los impunes no famosos? ¿Por qué no nos importan tanto? ¿Por qué para saciar nuestra sed de justicia no buscamos la regla, sino que nos basta la excepción?

En tercer lugar, ¿dónde están los padres de esas niñas? ¿Dónde está la gente que tendría que ocuparse de que no haya menores trabajando en bares? ¿Dónde está la educación y con qué necesidades compite? Y, por duro que suene, ¿por qué la denuncia de una niña que actuaba, ex profeso, en el marco de la ilegalidad, ha tenido más eco mediático que el “Todos al suelo” de los scouts del norte de México?

Qué frívolos nos hemos vuelto y qué ingenuos, si castigar a un solo -presunto- culpable nos distrae de la muerte de miles de inocentes, o de las condiciones infrahumanas en las que millones viven. Y Kalimba, inocente o culpable, merecería ser procesado como cualquier otro ciudadano: sin privilegios y con discreción. No es así: es, como todos nosotros, rehén de las circunstancias, de la avidez que tenemos de distractores y de lo urgente que es olvidar las cifras rojas. Inocente o culpable, será chivo expiatorio. Y eso somos todos hoy en día. Todos.

About Nora De la Cruz

Lectora.