Guadalupe Nettel: la fascinación por lo monstruoso

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Ayer fue un día que se engalanó con una gran noticia: Guadalupe Nettel ganó el III Premio Internacional de Narrativa Breve del Duero, con su más reciente libro de cuentos, Historias Naturales. Esta premiación fue instaurada en 2008 por Rivera del Duero a propósito del XXV aniversario de su denominación de origen; celebrándose cada dos años y dotado de 50.000 euros, es uno de los galardones más importantes a nivel internacional.

La celebración, que se  llevó a cabo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, contó con la participación de grandes personalidades del mundo literario y vinícola.

Sirva este premio como pretexto para hablar del trabajo literario de Nettel, al margen de cualquier reconocimiento si restarle su gran importancia. Sin duda esta noticia es un gran logro literario en un mundo en que pareciera estar todo escrito, un mundo en el que Nettel es una pluma que brilla con luz propia por su cualidad de presentarnos los lugares comunes, los que todos conocemos, evidenciando lo que todos hemos visto o lo que algunos somos, quizá seres perdidos, tal vez despojados de la mirada que los niega, y en su evidente presencia despojados y desterrados del reconocimiento humano. Quizá también sea el afán y la fascinación de esta escritora de la hablar de lo más humano del ser humano: lo grotesco, el terreno heteróclito de lo humanamente mundanal.

Extendamonos pues sobre el trabajo literario de esta autora, en por qué leer a Nettel. Lo primero que podemos mencionar, y que inmediatamente salta a la vista, es que no es casual que Nettel sea laureada por un libro de cuentos. Historias Naturales es el resultado de una gran experiencia en la narrativa breve. Si algo hay que decir, es que esta forma literaria se distingue de la novela -que se fermenta lentamente cual vino y se bebe por grandes y pausados sorbos-, por el reto que implica envolver al lector de tal modo que no haya posibilidad a las pausas, a la cualidad de atrapar al lector en una larga mirada que se da como un irrenunciable suspiro. Y esto es lo que logra precisamente Nettel, encadenarnos a la lectura en la que se despliegan mundos aparentemente ajenos al que nosotros mismo vivimos. Como las películas que no se disfrutan plenamente si se ven por pausas, así la lectura por las líneas nettelianas, en que aparecen personajes ficticios como metáforas de nuestra realidad tangible: los outsiders, los freaks, los seres raros e incomprensibles que transitan y cuajan al mundo en clínicas para enfermos con problemas de la vista y la amenaza de quedarse ciegos, en calles bajo la lluvia e invernaderos, en las ventanas donde se espían los voyeurs, en los puentes en el Periférico, en baños públicos, frente al espejo cada mañana, o en la orilla de un abismo frente a una clínica de desintoxicación; ambientes descritos en Pétalos y otras historias incómodas. También los seres de Nettel habitan en uno mismo siendo “uno mismo” como en El Huésped. Esos seres también son el pretexto para hablar de la animalidad que el ser humano se ha empeñado en dejar de ser.

Pareciera ser que Historias Naturales coincide con la aparición de animales domésticos para hacer evidente la propia domesticación del ser humano, de su propia animalidad. Podemos decir que Nettel nos hace gozar de la más sutil humanidad, la grotesca, la evidente e inevitablemente detestable y repulsiva, la incómoda, en el que también se encuentra el cuerpo desdeñado por siglos. Tras sus líneas el lector no encontrará lo más terrorífico como lo hiciere Poe, y que el propio Baudelaire admiraba detestablemente cuando confesó que lo mejor que pudo haber pasado es que muriese el autor de El Cuervo, porque le hacía disfrutar lo repulsivo, lo inhumano. Encontraremos la sutileza y la dulzura de la temible humanidad, cual error reprochable de la naturaleza, pues eso, lo que más reprimimos, es lo que nosotros mismos somos.

Desde luego todo lo anterior queda bajo la expectativa de la opinión de las distintas lecturas posibles, en donde concuerden o no con esta interpretación. Pero sirva este pretexto para invitar a la lectura del trabajo literario de una ya consagrada escritora mexicana. Si bien, tiene un magistral manejo de la narrativa breve, también ha demostrado una gran soltura en la novela como lo demuestra muy bien en El Huésped y El cuerpo en que nací, esta última de corte autobiográfico.

Aunque su obra es corta, podemos afirmar que no es más importante la extensión sino la cualidad y precisión con que se nos hace disfrutar de una lectura breve, sin mayor pretensión que el reflexionar lo que cada uno somos como seres humanos en los territorios aún inexplorados pero palpables cada día y que siguen siendo motivos para escribir largas líneas.

Por Karol V. S. Medina
Tornado Intempestivo

About Tornado Intempestivo

He trabajado en una aeronave en el fondo del mar, por lo que también sé lo que es vender pescados a la orilla de un río. A veces soy la modelo perfecta que se mira en el espejo diciendo -obviamente al espejo- que la convención de la memoria es un espejo lleno de pasta de dientes. También he escrito mis más grandes líneas en el cielo usando a la luna como pretexto para no dormir y beber vino toda la noche –de cualquier modo la luna es una pelota llena de vino, sólo hay que exprimirla tantito-. Por cierto, no me dedico a los hongos, pero he dedicado gran parte de mi vida a ellos; por ello me considero experta, que no es lo mismo que profesional. He sido desde jala-cables, barrendera, lava loza, hasta amaestradora de leones y de otros animales y parásitos. Desde ojera hasta sordera, y de silencio a alta voz. De adorno hasta gran productora de adornos. También he sido una mujer cosmopolita, pero lo que más me gusta de esto es el cosmos. Aún escribo, camino, sueño y respiro mi vida; por eso, los próximos años me dedicaré a caminar entre la orilla del abismo y la gran pradera, en donde juegan otros, se divierten y asolean, mientras escribo sobre la industria de las pornostars y los playboys.