Guadalupe Nettel y El matrimonio de los peces rojos: en la dimensión heteróclita de lo humano.

image

El pasado jueves 18 de julio se presentó públicamente el libro de cuentos con el que Guadalupe Nettel ganó el III Premio Internacional de Narrativa Breve del Duero. Aunque este conjunto de narraciones breves se había presentado como Historias Naturales, finalmente se decidió nombrarle El matrimonio de los peces rojos, cuyo título da nombre al primer cuento.

No es de extrañar, pues, que el primer cuento sea la enunciación, el anzuelo con el que Nettel nos hace presa para nadar como peces entre sus líneas, a veces sutiles, a veces feroces. La voracidad sugerida es la misma que configura a la humanidad y que, a su vez, es trastocada por el simple hecho de pensarse. Recuerda a uno de los epígrafes que abre su primer libro de cuentos, Pétalos y otras historias incómodas, que bien puede glosarse así: la belleza del monstruo es que éste no se da cuenta de ello. Y Nettel hace sentir que escribir sobre historias naturales es describir lo indescriptible y paradójicamente se coloca en el mejor lugar para guardar algo, a la vista del mundo.

Lo anterior hace pensar que efectivamente nadie es normal de cerca o, como lo expresó la autora de El huésped y El cuerpo en que nací en la presentación pasada, “las únicas personas normales que conocemos son las que no conocemos bien. Estamos llenos de anormalidades y eso es lo natural.” De este modo Nettel inspecciona, descubre y extiende su cada vez más refinada escritura en El matrimonio de los peces rojos hacia lo que el ser humano se ha empeñado en menoscabar, el sustrato de la humanidad que es animalidad pura.

image

La presentación fue organizada por Colofón y Editorial Páginas de Espuma; la autora fue acompañada por los comentarios y preguntas de Francisco Goldman, escritor estadounidense que ha escrito para New Yorker, Harper’s, The New York Times Magazine, Esquire, The New York Review of Books, Outside entre otras publicaciones, así como por Diego Rabasa, editor de Sexto Piso.

Goldman describió el trabajo de Nettel como una lectura que impone un reto, un juego que establece un espacio entre el lector y la autora muy especial, por las frases muy inteligentes que ofrece. Se refirió al modo en que uno mismo se puede identificar con las situaciones esenciales que vive cada personaje en cada unos de los cuentos, por sentirse también jodido, y sí, no es de extrañar que muchos de los presentes rieran con semejante afirmación. Es cierto, dice Goldman, la escritura de Nettel es tan limpia, tan íntima, con una gran calidad de prosa, un sentido del humor impecable, sin olvidar las sorpresas, las frases que llegan de golpe, las imágenes poéticas. “Claro que te identificas, estamos todos dañados”. Algo que Goldman enunció, y de lo que el propio lector dará cuenta, es que esta escritora recurre a las atmósferas kafkianas, de un modo tan evanescente, tan difuso, y a la vez tan evidente. Como lo que compartió este escritor y amigo de Nettel al empezar a leer el cuento “Guerra en los basureros”: “¡Este señor es un insecto!, donde tú buscas ¿cómo y por qué es un insecto?”. Para Goldman éste es el cuento más kafkiano y de corte más fantástico de toda la colección, el que más desarma en lo emocional porque habla de la soledad. Otro de los cuentos al que se refirió en sus comentarios fue “Hongos”, del cual dijo: “¡Con qué poesía fina une el tema del parásito hongo con el de la soledad!”

imagePor su parte, Diego Rabasa, editor de Sexto Piso y quien es cercano lector de Nettel, se refirió a Pétalos como uno de los mejores libros de cuentos de habla hispana y a El matrimonio de los peces rojos como un conjunto de cuentos con un claro desarrollo en el estilo de la propia autora. En opinión de Rabasa, este libro es mejor pensarlo bajo la pregunta de ¿por dónde transita y qué está alrededor de eso de lo cuál se escribe? Para él, haber leído este libro fue como “sentir que esa descolocación [en el mundo] no sólo te sucede a ti. Un libro llega en el momento adecuado.” De esa manera, compartió su sentida experiencia entre las líneas nettelinas del siguiente modo: “Ir del libro a mi vida y de mi vida al libro; qué dimensión más grande le puede pedir uno a la literatura, que sea capaz no de reflejar la vida sino de incidir en ella, de transformar la realidad del lector. Y con este libro me sucedió.”
Y es cierto, las líneas trazadas en la escritura de esta autora hacen reflexionar en lo que prefiere olvidarse: que el ser humano pertenece al reino animal. Ello lo dice muy bien Laura Bossi en su libro Historia Natural del Alma y que bien vale la pena citar:

“Todos iguales, todos diferentes. Yo soy por lo tanto un individuo en tanto ejemplar único de la especie Homo sapiens, género Homo, Familia Homínidos, superfamilia Antropoides, Orden Primates, Clase Mamíferos, rama Vertebrados, reino Animal. Mi perro es un individuo en tanto ejemplar único de Fox terrier, miembro de la especie de los perros, del género Canis, de la familia Cánidos, etc. Y también son individuos las vacas, las moscas que las atormentan, las mariposas que revolotean en el prado, la lagartija que se desliza por la hierba, así como el árbol y la rosa.”

Cada libro escrito por Nettel responde a épocas distintas, cuya escritura no está dedicada a la extrañeza, no por lo menos de manera propositiva, comentó, pues el mundo es extraño en realidad. En cuanto a El matrimonio de los peces rojos, nos encontramos con cinco historias que se confabulan no sólo alrededor de la animalidad, de la observación o la asunción de tener mascotas, compañías domésticas, sino también de la mimetización no intencional o tal vez no consciente con esa animalidad que comparte el espacio vital. Pero también, y lo que es de llamar la atención, que los personajes principales por algún motivo no tienen nombre, lo que abre un vacío, y al mismo tiempo, por qué no, de sentirse también extraño y extrañado al terminar. Quizá el paradigma de la extrañeza es aborrecerla tanto hasta enamorarse de ella, hasta entenderla y gozarla, describirla, rumiarla, presenciarla, mostrarla como lo hace Nettel al escribir, como acontece en el lector que quizá pregunte qué fue lo que pasó al terminar la última línea -como le ocurrió a Goldman al terminar su lectura. Al final, sólo sentir valor para pensar sobre lo leído y no obstante, resistirse a la relectura por temor a sentirse un pez, un gato o una serpiente; definitivamente no es grato sentirse cucaracha u hongo.

image

About Tornado Intempestivo

He trabajado en una aeronave en el fondo del mar, por lo que también sé lo que es vender pescados a la orilla de un río. A veces soy la modelo perfecta que se mira en el espejo diciendo -obviamente al espejo- que la convención de la memoria es un espejo lleno de pasta de dientes. También he escrito mis más grandes líneas en el cielo usando a la luna como pretexto para no dormir y beber vino toda la noche –de cualquier modo la luna es una pelota llena de vino, sólo hay que exprimirla tantito-. Por cierto, no me dedico a los hongos, pero he dedicado gran parte de mi vida a ellos; por ello me considero experta, que no es lo mismo que profesional. He sido desde jala-cables, barrendera, lava loza, hasta amaestradora de leones y de otros animales y parásitos. Desde ojera hasta sordera, y de silencio a alta voz. De adorno hasta gran productora de adornos. También he sido una mujer cosmopolita, pero lo que más me gusta de esto es el cosmos. Aún escribo, camino, sueño y respiro mi vida; por eso, los próximos años me dedicaré a caminar entre la orilla del abismo y la gran pradera, en donde juegan otros, se divierten y asolean, mientras escribo sobre la industria de las pornostars y los playboys.