¿De veras hay que leer?

Estoy consciente de que México tiene un problema muy real en materia de lectura (y de educación, y de salud pública, y de vivienda, y de… en fin, concentrémonos en la lectura). A pesar de ello, me molesta que la tele, el radio y los periódicos se sientan con el derecho de escupirnos estadísticas al respecto: que si leemos tantos libros al año, que si tantos millones ni siquiera saben leer, que el resto sabe pero no comprende… Grave, sin duda, pero, ¿realmente hace falta repetir esta queja tantas veces? ¿En manos de quién está solucionar el problema? ¿Conocer las cifras nos ayuda? ¿Será cierto que los mexicanos no leemos? Y, ultimadamente, ¿de veras hay que leer?
Creo que el hecho de que los medios y el gobierno nos escupan los datos en la cara es, entre otras cosas, hipócrita. Si alguien ha influido negativamente en la educación de este país, son ellos sin duda alguna. Saber que somos analfabetas funcionales no resolverá el problema, mucho menos si sigue habiendo carencias en ámbitos mucho más inmediatos, como la alimentación, la vivienda y la salud.
Con esto no quiero decir que la lectura no sea importante. Al contario: saber leer y comprender lo que leemos nos otorga una libertad fundamental. Leer es tener derecho a estar informados, a tener una opinión, a decidir con bases. Pero, además, leer puede significar también tener derecho al placer.
Los mexicanos leemos, aunque quizá no lo que debiéramos. No: corrijo esa palabra horrible –leer no es deber, sino derecho-. Los mexicanos no siempre elegimos bien nuestro material de lectura, porque nuestro horizonte es limitado –y aquí volvemos a factores como la educación, la desigualdad en los ingresos, etc.-. A las pruebas me remito: súbanse al metro y hagan la estadística. Verán que no se parece a las cifras oficiales, pues la mayoría de los tripulantes del vagón tiene la nariz bien clavada entre unas páginas. Claro… las páginas son de alguna revista del corazón, de un periódico amarillista o del best seller de moda. El punto aquí es que el problema no es de cantidad, sino de calidad.
Yo soy profesora de literatura. Contrario a lo que pudiera pensarse, no ando correteando a los chamacos para que se fumen los libros más clásicos del mundo mundial. Prefiero pensar que lo único que hago es mostrarles que la humanidad ha producido un patrimonio y que ellos tienen derecho a disfrutarlo. Como en todas las herencias, habrá cosas que no les sirvan, pero habrá algo que quieran, que adopten, que hagan suyo. Y ese trocito de literatura –o esos, si son varios- será lo que les dé la libertad de elegir qué clase de lectores –y qué clase de humanos, si extrapolamos los términos- serán a partir de entonces. ¿Cómo podría un individuo preferir lo que no conoce? Las buenas conciencias que se lamentan tanto de que México no lea deberían pensar que lo verdaderamente lamentable es que no todos los mexicanos tienen el mismo derecho a conocer, y a los que hay que señalar no es a los millones que no leen, sino a los cientos de malandrines que les han escondido los libros.
Pero, ¿de veras hay que leer? ¿Realmente sería eso la cura de nuestros males? Yo me inclino a creer que sí; al menos es un gran avance. La literatura educa, comparte, muestra, explica, expresa, deleita, denuncia, libera, conmueve… Yo creo que hay que leer y, con ello, arrebatar nuestro derecho a la libertad, a la verdad, al placer, a la justicia. Leer es una revolución lenta, privada, silenciosa, pero posible, pacífica y alcanzable. Es la piedra de David contra Goliat.

About Nora De la Cruz

Lectora.