Sanso kuchiku-kan

El cuento que voy a dejar a su consideración se publicó en la antología “¿Sobrevivientes?”, espero que les guste.

さんそ くちくうかん

( Sanso kuchiku-kan)

 

Aquel hombre parecía estar enfermo: sudaba copiosamente y tomaba aire con desesperación. Itzel, que estaba más cerca de él, se removía incómoda en el asiento, indecisa entre si levantarse e irse o quedarse, no quería parecer grosera. Estaba en la sala de espera del Aeropuerto Internacional Narita, en Tokio, y no estaba muy segura de lo que podría ser considerado de mala educación. Si el sujeto estaba enfermo era obvio que una maleta de distancia no bastaría para salvarla de alguna “fiebre del dragón” o algún otro mal japonés. Giró la cabeza a su derecha y vio al hombre que la había acompañado en las vacaciones: Roberto, su novio, un amante del país del sol naciente, que en ese momento intentaba leer un folleto en japonés. Afortunadamente, en aquel país todos hablaban inglés, de otro modo se las habrían visto negras.

Era un chico de buena estatura, aunque sentado no se notaba. Observó con atención la línea de su mandíbula, desde la barbilla hasta el lóbulo de la oreja izquierda. Era su oreja favorita porque se doblaba un poco en la parte superior. Ese detalle era de lo que más le gustaba de él.

Iba a acariciar el rostro de Roberto cuando escuchó un ligero rumor y pasos apresurados que se alejaban. El asiento ocupado por aquel misterioso individuo estaba vacío, lo buscó con la mirada pero ya no lo vio. La terminal estaba abarrotada de hombres mujeres y niños con sombreros de todas clases que evidenciaban los lugares visitados. Vio, ya lejos y entre mucha gente, a un nutrido grupo de hombres vestidos de negro que caminaban coordinados hacia una de las salidas de la terminal aerea. Oficinistas o seguridad del aeropuerto. Imposible saber pues desaparecieron rápidamente. Esos japoneses a veces hasta daban miedo, como los mafiosos de las películas. Pasó los quince días de su descanso pensando “en cualquier momento van a pegar un grito y sacar una katana del pantalón”. Se distrajo cuando la voz del aeropuerto les avisó sobre la próxima partida de su vuelo. El avión de regreso a la Ciudad de México iba casi vacío y en ese momento eran los únicos que andaban por el tubo conector.

Veinte horas después la pareja iba sentada en el asiento trasero de un taxi del aeropuerto, circulando por Río Churubusco rumbo a la colonia Portales, hacia su departamento en la calle de Rumania. Habían dormido bastante durante el vuelo y no tenían sueño, así que platicaron animados sobre el par de semanas que habían pasado en ese extraño país. Rieron por lo inusual que les había parecido comer comida japonesa en Japón; hablaron del caos ordenado que reinaba en esas calles, cuando de este lado del Pacífico el caos era caos. Pasando Calzada de Tlalpan, Itzel mencionó al hombre enfermizo o nervioso que se había sentado junto a ella en el aeropuerto.

—¿Estuvo mucho tiempo junto a tí? —preguntó Roberto, enroscando su dedo en el castaño cabello de ella.

—No que yo recuerde. En un instante estaba ahí y al otro ya se había ido.

—No creo que haya problema. De todos modos, si quieres, hoy o mañana vamos al médico para que te hagan un análisis completo.

Cuando llegaron a su destino bajaron del taxi después de que Roberto pagara la altísima tarifa. Su calle no era muy transitada y se dio un segundo para tomar algo de aire contaminado a media calle en lo que Itzel iba a la tienda de la calle Vista Hermosa por algo rápido de comer. Un fuertísimo rechinido de llantas lo hizo voltear a la derecha, para ver un enorme Honda negro sin placas que iba directo hacia él. El golpe de adrenalina fue lo que lo salvó. Saltó hacia la banqueta, refugiándose entre la defensa trasera del taxi que aún no arrancaba y el parachoques de un Seat plateado. Se levantó adolorido de un hombro, el izquierdo, con el que había dado contra el suelo. Alzó la mirada sólo para ver los rápidos reflejos en los cristales ahumados del auto mientras daba vuelta en la avenida.

Sin nada de la prometida compra en las manos, Itzel, que vio pasar el auto en huída, regresó corriendo. En cuanto vio la cabeza de Roberto asomar por entre los coches, corrió a su lado. No perdió el tiempo preguntando cómo estaba. Notó que su pareja podía incorporarse y lo ayudó.

—¿Te golpeó el auto, cariño?

—No, salté antes. Ese tipo está loco.

—Ven. Vamos a casa para que te recuperes.

El taxista, oliendo problemas, ni siquiera se bajó a preguntar cómo estaba su más reciente pasajero, apenas se aseguró que ya no lo tenía atrás pisó el acelerador y se marchó a toda pastilla.

Su departamento estaba en la tercera planta de un edificio de cinco. Compartían piso con Alejandro, al que encontraron entrando a su casa. Lo saludaron rápida y nerviosamente mientras subían. Éste ofreció ayudarles a desempacar mientras le contaban sus aventuras en el oriente. Se llevaron las maletas a la habitación principal cerrando la puerta con una leve patada. Todavía no las arrojaban sobre la cama cuando escucharon un fuerte ruido, como si reventaran la puerta desde afuera, se asomaron mientras aún volaban astillas. Cinco hombres vestidos de negro entraron por el agujero empuñando tremendas pistolas y gritando órdenes en japonés. Uno de ellos vio a los amigos y gritó algo mientras alzaba el arma y apuntaba en su dirección. Roberto escondió la cabeza al tiempo que un disparo hizo explotar el florero que adornaba el pasillo. Los tres atravesaron a saltos la habitación hasta el cuarto de baño. Qué irónico: el reloj electrónico en la cabecera de la cama señalaba 2 de Noviembre del 2012, día de muertos. Se encerraron en el baño, su ruta de escape era una ventana a tres pisos del suelo.

Segundos después, la puerta fue abierta de una patada; dos fríos e inexpresivos sujetos entraron y apuntaron los negros cañones de sus armas a las cabezas de Roberto y Alejandro. El roce de los dedos contra el gatillo se escuchó claramente, el mecanismo de los martillos emitió un sonoro clic mientras ascendía, pronto bajaría con violencia para disparar el proyectil.

Una voz ordenó a los matones soltar el gatillo. Alguien se abrió camino al amenazado trío y en un atropellado español se disculpó por las molestias, los habían involucrado en un complot contra el gobierno japonés: Murakami, un ambientalista radical, robó los planos de construcción de un instrumento vital para la defensa nacional. Cuando lo interrogaron dijo haberlos mandado escondidos a México en la maleta de una chica, intentando esconderlos. Mentira. Esos planos nunca salieron de Japón y habían perdido tiempo buscando tan lejos. Los amigos no estaban coludidos; no había razón para eliminarlos. Cinco matones que parecían salidos de una película de Tarantino se cuadraron frente a los tres sorprendidos y bajaron la cabeza a modo de despedida, después desaparecieron como fantasmas.

Días después, via la NHK por internet, Roberto e Itzel vieron como Tokio era arrasada por un lagarto gigante de dos patas y aliento radiactivo. El arma que pudo salvar la ciudad no se construyó a tiempo gracias al señor Murakami. El “Sanso kuchiku-kan” o “Destructor de Oxígeno”, mencionado por los intrusos el otro día, comentó Alejandro. Él sí sabía japonés.

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About Biólogo Zombie

Zombie que se metió a estudiar Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Avorazado lector y escritor con tiempo de sobra pero apenas en busca del talento. Aficionado al cine en general aunque los filmes de terror, y de zombies en especial, siempre tendrán un lugar importante en su podrido corazón.