Es agradable

Pocas veces he sentido tanto placer al escribir, sobre todo por la tarde, cuando vuelvo a las cuatro y media a este cuarto cuya atmósfera todavía está llena del humo de los cigarrillos de la mañana, donde sobre la mesa hay papel ya cubierto de tinta verde; y el cigarrillo y la estilográfica son agradables en la punta de mis dedos. Comprendo muy bien a Duchamp cuando dijo a Bost que le preguntaba sino echaba de menos no pintar más: <<Echo de menos la sensación del tubo de color, cuando se lo aprieta y la pintura se aplasta sobre la paleta; era agradable>>; el lado físico de escribir es agradable. Y además me hace sentir dentro de mí que me desanudo; quizás es una ilusión. En todo caso siento que tengo cosas que decir.

Simone de Beauvoir, La Fuerza de las Cosas, Ed. Sudamericana, octava edición pocket 2000, pág. 93.

El lado físico de escribir… (Entre las manos no tengo nunca plumas, bolígrafos, estilográficas, ni lápices, bajo mi mano existen todas las letras. Cierro los ojos y los paso por el teclado: un montón de cubitos que ceden ante mis dedos, el polvo por no limpiarlo, esa leve inclinación indicando que me encanta usar esas patitas de nombre desconocido que están en la parte de abajo del teclado… El lado izquierdo, donde están las letras, está caliente, y el derecho, lleno de números, frío… No hay hojas de papel que me corten los dedos, sólo una pantalla con un indicador titilante: aquí, aquí sigue un caracter… Los caracteres son de todos los colores, la pantalla con su virtual hoja en blanco puede tener el fondo que yo quiera; puedo subrayar, remarcar, curvar, recortar, copiar y pegar todas las palabras… Tengo cuadros de texto y las “hojas”, las configuro del tamaño, color, inclinación que me convenga. Los errores ortográficos sí borronean las “hojas”, pero no las destruyen… Y no grito ante los ratones).

Ya he dicho que el año anterior habíamos concebido dos proyectos: una enciclopedia y una revista. Sartre no continuó con el primero pero se ocupaba del segundo. Debido a la escasez de papel sólo se autorizaba la aparición de las publicaciones que habían existido antes de la guerra o que se habían fundado en zona libre durante la ocupación. Espirit, Confluences, Poésie 44, eran interesantes pero expresaban nuestro tiempo con mucha insuficiencia. Había que inventar otra cosa. (…) En enero, mientras Sartre viajaba, fui en su nombre a pedir a Soustelle, entonces ministro de Información, que nos concediera papel.

Simone de Beauvoir. Op. Cit. Pág. 24, 25.

(La escasez… Hace dos años que no escribo sobre papel. Prendo mi PC. Y hoy la amenaza es el petróleo: se va a terminar. La otra opción, los hidrocarburos, amenaza el abasto de alimentos: energía, gas, gasolina, electricidad <<escribir>>, o comida, pan, arroz, tortillas <<vivir>>… El jueves de la semana pasada a las diez de la noche llovía. Subí al metro pensando, adelantando: el servicio es deficiente cuando llueve << ¿Qué clase de ingeniero sabe que el metro se para cuando llueve y aún así lo construye sin techo? Hoy lo sabemos: nada sirve si el que paga es el PRD>> Me daba mala espina. La lógica, las corazonadas. De nada sirven. O sí: sólo para angustiarse por adelantado. A las diez de la noche subí al metro en una línea azul. Una hora con quince minutos después salía por una línea gris que cruza con una rosa hacia lo destechado. Llovía. Sabía que no recorrería nueve estaciones más en veinte minutos. Ni en media hora. Tres estaciones después, el tren se paró. Todos sabemos que el servicio es deficiente cuando llueve. Así que esperamos. Sacamos los celulares: “m vy a trdr 1 pqto, vn x m l Ccm mzqs?” Y nos contestaron: “Sí” (los adultos que nunca fueron multitasking sí saben escribir aun en un celular) Esperamos más. Y después de media hora, nos desesperamos.

¿Media hora esperando la reanudación del servicio? Vivimos en la ciudad de México. Sabemos que el metro se para cuando llueve. Chiflidos. Suspiros cansados. Un borracho y sus gritos: “Pinche AMLO, todo es culpa de AMLO” Un señor, sonriendo: “Está borracho, esto no es culpa de AMLO” No sé, sus ojos brillaron. Yo sonreí. Me da gusto que la gente sea capaz de decir lo que piensa, sobre todo si piensa bien de AMLO. Saqué el celular: “tngo ½ ora prda en oc-ania . Vngan x m hst ak, plis” Y allá fueron.

En el momento en que me bajé del vagón, rumbo a la escalera de salida, ya mucha gente se arremolinaba junto a la puerta del conductor del metro (ese personaje nunca será llamado ‘chofer’): que no sé qué, que a qué horas (sic) nos vamos, que si va ver (sick) servicio… Dos policías con cara de susto, de buenas personas, y preocupados, no por ayudar a la ciudadanía: los policías siempre se asustan cuando ven gente arremolinada quejándose, hablaban por el teléfono de uso exclusivo del personal de STCM, preguntando, sin responder a los damnificados del jueves negro (en la línea B del metro). Sí, justo cuando me bajé, una señora de rosa con cara de jefa dijo: “No sabemos si se va a reanudar el servicio”. Otra versión era que sí habría servicio, pero no sabían cuando regresaría. Todos bajaron. Mis papás me esperaban en la misma estación, pero en otra línea, por si no era bastante ya con haber pasado media hora en la incertidumbre y en penumbras (se fue la luz en el vagón) Busqué la calle en que me esperaban en un mapa. Me bajé, seguro, del lado en qué debía, pero no había indicaciones en las calles. La gente que bajó del metro caminaba aturdida, buscando transporte a las doce de la noche. Se fue la luz mientras evadía un charco. Luego regresó y pude ver a las ratas saltar por las banquetas mientras buscaba un nombre en un poste en una calle en ese laberinto que forman las avenidas 608, Circuito interior, Central, y el metro Oceanía. Por supuesto que iba a llorar, todas mis terribles anécdotas de lo horrible que es volver a casa de noche en esta ciudad terminan conmigo llorando. Pero entonces llamé a mis papás y les dije que por nada del mundo me iba a mover del circuito interior.

Llegaron: su calle no existía, por eso era tan difícil hallarla. Llegué a mi casa, donde había pan y la luz, también ida, había vuelto ya. Pero hoy leí en los periódicos que nada de eso va a durar.) Es agradable.

Obrero Invitado: Karina Almaraz

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