A propósito de monumentos… ¿cómo le habrá hecho Porfirio?

En los aposentos privados del general Porfirio Díaz en el Castillo de Chapultepec, el presidente de México contemplaba el Paseo de la Reforma. Bajo su balcón, el bosque se extendía majestuoso ante el robusto general, que suspiraba haciendo tintinar ligeramente las medallas que pendían de su ancho pecho, mientras escuchaba a su augusta esposa.

Doña Carmelita paseábase de un lado a otro de la amplia cámara mientras aporreaba los muebles con su abanico, gesto que reflejaba la inquietud que reinaba en su espíritu, y que respondía al reciente anuncio que su marcial consorte le había hecho sobre el nuevo retraso en la construcción del Monumento a la Independencia.

Don Porfirio había recibido el reporte directamente del arquitecto don Antonio Rivas Mercado, y su humor sombrío respondía no tanto al retraso de las obras, como al enfado que adivinaba en su esposa cuando le transmitiera la mala nueva. Y no estuvo muy errado en sus temores. Primero, la ira contenida de la primera dama se reflejó en el súbito rubor que tiñó su frente y mejillas, ante lo que don Porfirio pensó “A caray, a ver si no revienta mi mujer…”, siguió con un discurso acerca de la falta de competencia de los obreros del arquitecto, y a paso firme comenzó su ida y vuelta de un extremo a otro del salón; gradualmente alzó el volumen de voz para perder el tono mesurado y calmo que la caracterizaba, hasta cobrar matices que cualquier trompeta de mariachi envidiaría. Finalmente los ojos se le inyectaron con sangre dando un aspecto al noble rostro de la dama semejante al de una gárgola gótica, de esas que tantas veces habían admirado en sus viajes al viejo mundo. Al reparar Don Porfirio en los ojos enrojecidos de su consorte sólo acertó a pensar “Úchala, ya se puso como conejo cuyo. Mejor me volteo…” y, buscando la ventana del balcón, dio la espalda a su colérica mujer que seguía con su perorata:

–… y definitivamente general, es vergonzoso que a éstas fechas su arquitecto no sea capaz de arrear a sus albañiles…

Don Porfirio, alarmado por el trato de usted y el generaleo de su Carmelita, volteó y compungido preguntó:

–¿General?… pero palomita mía…

–¡Palomita nada! ¡Ahora no soy su palomita! ¡Ahora soy la primera dama que le EXIGE al PRE-SI-DEN-TE de México que termine el monumento que lo cubrirá de gloria! ¡No es posible que yo esté más preocupada por su lugar en la historia de México que USTED, general Díaz!

–Está bien, está bien… pero… ¿no crees que estás exagerando la nota, mujer? Todavía faltan cuatro años para la fecha en que se inaugurará la columna de Antonio…– preguntó conciliador don Porfirio, mientras veía desde la ventana la base del futuro monumento que, en ese momento, servía de mesa a los albañiles en su hora del almuerzo: a lo lejos ellos  devoraban sus tacos acompañados con pulque. Don Porfirio comenzaba a preguntarse de qué sabor sería el pulque de los obreros cuando la voz de su esposa resonó en sus oídos como truenos en tempestad:

–¡¿EXAGERANDO YOOOO?! ¡¿PERO ES QUE ESTÁ CIEGO?! ¡Por favor mire bien! ¡MIRE BIEN LO QUE ESTÁ PASANDO EN LA OBRA! –Doña Carmelita se acercó ahora a la ventana, y junto a su marido, señaló la tertulia de los albañiles, algunos de ellos ya se habían acostado a dormir la siesta y, cansado, don Porfirio los contemplaba con envidia – ¡PERO NO-ES-POSIBLE! ¡¿Sabe esto su graaan amigo don Antonio?! ¿El excelentísimo señor arquitecto Rivas Mercado acaso se imagina que, mientras usted trabaja como mula, sus albañiles se EMBORRACHAN en la obra, en vez de ponerse a trabajar?! ¡Ay… que me da..!

Don Porfirio, sin dejar de envidiar a los albañiles de la obra, sonó la campana para que entrara la ayuda de cámara con las sales para su mujer, previniendo el síncope que estaba a punto de sufrir. Doña Carmelita, por otro lado, se apartó de su marido para, con el dorso de la mano en la frente, la mirada perdida, el peinado descompuesto, y jadeante el pulso, acercarse al diván estilo Luis XVI y desplomarse dramáticamente en él. Una de las damas de la señora entró y rauda se acercó a la débil mujer que ahora balbuceaba frases inconexas, pero bajita la voz… cosa que don Porfirio agradeció a la virgen del Carmen sin dejar de ver, ahora con algo de hambre, al grupo de trabajadores que ya se encontraban en el quinto sueño.

A sus espaldas lentamente doña Carmelita recobró la presencia de ánimo y, minutos más tarde, se incorporó algo despeinada, pálida, y débil. Con la ayuda de su dama de compañía se dirigió a la salida de los aposentos de su marido, sin antes sentenciar:

-Pero esto no se acaba aquí, general… le advierto que, si no mete al orden a su amigo don Antonio y no veo avances en el monumento en dos meses, se las verán conmigo LOS DOS…

Don Porfirio cerró los ojos al escuchar el ultimátum de su esposa mientras notaba cómo se le hacía un vacío en la boca del estómago. Cuando escuchó cerrar las puertas de sus aposentos tras su mujercita, se encaminó al despacho en donde se encerró con su secretario. En toda la escena el presidente no había perdido la compostura –sólo en la corrección que le había hecho su palomita– y, con su aspecto majestuoso e imperturbable le ordenó a su secretario que le comunicara al señor arquitecto don Antonio Rivas Mercado que era imprescindible su inmediata presencia.

Minutos más tarde y a toda prisa llegó el arquitecto que, afortunadamente, estaba en camino a la obra de la Columna de la Independencia después de haber visitado al maestro en el taller en el que se tallaban las piezas de piedra chiluca que, posteriormente, se transportarían al Paseo de la Reforma.

–A sus pies, señor presidente. Me ha indicado su secretario que precisa de mi humilde persona y, presto, me tiene aquí a su servicio…

–Deje los garigoles retóricos para sus proyectos, don Antonio –interrumpió fríamente don Porfirio– y dígame para cuándo rejijos va usted a terminar el mentado menumento

–¡Señor presidente! –contestó solícito el arquitecto– estamos trabajando a marchas forzadas con la talla de los bloques de piedra en el taller donde, yo aseguro a usted, un pelotón de artesanos trabaja día y noche habilitando, tallando y puliendo las piezas que recubrirán la estructura…

–¿Por qué no se ve eso en la obra, arquitecto?

–Pues por que todo ese trabajo se hace en los talleres  que tenemos en Tacuba, por otra parte, el maestro Alciati…

–¿Y quién es ése tal Alciati?

–El escultor que, infatigable, está trabajando mañana, moda y noche en los grupos escultóricos de mármol de Carrara que su graciosa esposa, la señora doña Carmelita de todos mis respetos, hizo el honor de aprobar hace dos meses…

Pos tráigaselos a la obra, pa’ que se mire que se trabaja…

El arquitecto palideció, y del respingo brincaron sus espejuelos. Nervioso comenzó a juguetear con la leontina de oro de su reloj mientras la frente se le perlaba con sudor frío…

–¿Traerlos? ¿A la obra..? Pero, señor presidente, permítame comunicarle la grave inconveniencia de trabajar en el sitio… tendríamos que construir unos talleres provisionales, transportar herramientas y máquinas, sin mencionar que los ingenieros van a objetar…

–¿No entendió? – El semblante de don Porfirio se ensombreció, mas no movió ni un músculo que delatara su enojo. Todo México sabía que, mientras más hierático fuera, más cerca del paredón de fusilamiento se encontraría quien se atreviera a contrariarlo.

–Si señor presidente–contestó, sudoroso y contrito, el arquitecto

Pos entonces tráigaselos

–Como usted diga, señor presidente

–Y que sea rápido

–Como usted ordene, señor presidente…

–Hoy mesmo

–Así se hará, señor presidente – el pobre arquitecto pálido, tembloroso y con la boca seca, apenas podía responder…

–Y en un mes que se vea más de la mitad de la columna…

–Sus deseos son órdenes, señor presidente…

Pos que no sólo sean órdenes… lo quiero trabajando en eso ya. Cuente con el dinero que haga falta.

–En seguida, señor presidente. ¿Cuento con su permiso para retirarme?

Cuélele

–Con su permiso, señor presidente. Gracias por su tiempo, señor presidente…

Don Antonio que, a esas alturas de la visita ya sufría taquicardia, desapareció velozmente antes de que a don Porfirio se le ocurriera alguna otra cosa. ¡Menudo lío tenía que resolver ahora el arquitecto! Pero más le valía que tanto canteros como escultor –Enrique Alciati iba a pegar el grito en el cielo– estuvieran instalados y listos en el sitio al atardecer si quería salvarse del pelotón de fusilamiento o, si bien le iba, de la cadena perpetua en Lecumberri con los correspondientes trabajos forzados.

Finalmente la obra se terminó, y fue inaugurada el 15 de septiembre de 1910, don Porfirio descansó de las peroratas de su señora, doña Carmelita quedó contenta, y el arquitecto, gracias a la leche de magnesia, siguió construyendo.

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