Arte fotográfica

Mariana Díaz. Foto: José Arrieta

 

Cuando nace, el hombre es ciego. Adivina entre las sombras perceptibles las cosas que amará a lo largo del tiempo. Entre la bruma crepúscular de las sábanas y el calor materno, descubre que las imágenes son calor y protección, son luz y también son vida.

 

El hombre crece y se olvida de su ceguera. Remontándose al primer oficio de Adán, nombra todo cuanto distingue en el horizonte. A las cosas hermosas les da bellos nombres, como flor, canto, estrella o mar. A las cosas temibles les confiere un plácido olvido.

 

Las cosas siguen quietas en su esencia incorruptible de objetos dotados de una inútil y efímera eternidad. No saben, no podrían saberlo, que el hombre las acecha desde su condición de organismo vagabundo, de soplo en la arena de los tiempos.

 

Los aromas, las texturas, el satín de la mano de la mujer anhelada en los sueños y en sus vísperas, el recio tacto de la piedra que engendrará nuevas semillas, nuevas plantas y frutos, naranjas dulces que embriagan con un perfume que permite reconocer las puertas de una eternidad que no tenemos, hacen que los ojos se pierdan en un marasmo de formas indescifrables.

 

La cifra sube y el hombre sigue inconsciente de sus tiempos, de sus años. Anda sin necesidad de ojos que vean la belleza -el hombre puede vivir sin agua durante tres días, pero no puede sobrevivir un minuto sin belleza-, de manos que la describan, de labios que la toquen. Anda sin alma.

 

Hay un origen legendario de cada cosa. Los claveles nacieron del palpitar de un corazón mudo, los ríos del llanto de la tierra que sabe el futuro, las estrellas de los que fuimos y los que seremos.

 

La fotografía también. Es el trueno del tiempo capturado por una hoja de plata, es el instante robado a la eternidad, es el desdoblamiento de quien observa, de quien es observado.

 

Hace poco tiempo platicamos acerca de que el fotógrafo debe depositar parte de su alma en las cosas que observa. En el desierto, mis ojos depositaron las noches grises del pasado, los gritos callados por el paso inextinguible del tiempo, los fríos mortales.

 

En el mar las nostalgias, tristezas que me miran con ojos de gato insomne, acechante, siniestro pero mío, como mía es la palabra que me nombra a cada día. En la ciudad la historia que nadie sabe, que será legado de mis hijos y de la mujer que quiera escuchar para olvidar.

 

Los retratos de las modelos, las bellezas quiméricas son propiedad de mis sueños, del anochecer en la cueva en que vivo. Hay, sin embargo, un retrato que no es igual a todos, que no descifro por respeto, que no es mío porque me pertenece.

 

Poco más que una mirada profunda -sí, de ojos oscuros con destellos de estrellas, sí, con la profundidad de las llanuras, sí, como una larga travesía en noches inacabables-, una risa sincera y un perfil perfecto. Y mucha alma, traducida en brillos de espejos de un lado y del otro de la fotografía.

Foto: José Arrieta, Título: Mariana o de una mirada inédita. México, 2010.

About Ikurrin Beltza

Cuando nació ya tenía 13 siglos de edad. Habla el lenguaje de las piedras, es la última seña de una raza cautiva; la oscuridad del cine y la calma de los silencios son su estandarte y su medio. Visita http://laberintosonoro.wordpress.com