Cadáver

Llegué a casa de madrugada, cansada, ebria, descorazonada, sola y sin sueño; subir tres pisos me pareció una usual y justa tortura. La llave siempre se atora en la chapa;  mis suspiros no aceleran la apertura; me recargo rendida y cede ante mi peso; un extraño olor me recibe; no lo reconozco, es normal, supongo, todo es normal en casa, el abandono, la soledad, los gritos; las paredes pintadas con frases dementes y decadentes; las escobas de bruja junto al librero; la maleta roja de dueña desconocida y añorada, todo es normal, pienso mientras me dejo caer en el sillón que está frente a la ventana, enciendo un cigarro, aspiro hondamente tratando de aprisionar tu voz en mi memoria; recuerdos de mi infancia llegan en torrente; una extraña tranquilidad se expande por mi cuerpo; camino en la oscuridad hasta llegar a la recamara que alguna noche fue tuya y mía; salgo al balcón desde donde mirábamos a la gente pasar; tres pisos nos separaban de la cotidianeidad, de la infelicidad, del mundo, era este nuestro mundo, donde bailabas a medianoche, me leías poesía y bebíamos vodka; era el refugio de los dolores externos que parecían incurables; mi risa inundaba los amaneceres; éramos solo uno, éramos tan felices, yo era, tu eras, y todo pasó.

Casi al amanecer busco a tientas la cama, me recuesto en el poco espacio que queda libre, y miro a mi lado un cuerpo inerte, desnudo, pálido, tan frío, con los ojos abiertos en un orgasmo interminable; los labios secos entreabiertos, me senté a su lado, lo contemplé sin asombro; el cabello negro revuelto formaba figuras sobre la almohada púrpura; el rostro frágil dirigido ligeramente hacia atrás; las manos cerradas aprisionando la punta de las sábanas y las piernas dobladas hacia el extremo derecho de la cama; en el lado izquierdo del pecho estaba escrito con tinta azul brillante, te amo, y justo debajo del pezón en letras pequeñas se leía, es mentira, la tinta aun fresca se escurría por un costado donde se encontraba el siguiente texto: debajo de la luz escasa de tus ojos, cada vez más lejanos, menos adorados, ha quedado mi cordura, prisionera de voces tortuosas que no llegaran jamás a tu presencia, mis manos ya no te alcanzaran, debemos huir, debemos correr deprisa, o la luna nos comerá… Pobre niña, tan sola, tan triste, pobre niña , venir a morirse a la casa más desolada de la ciudad; a la cama mas fría. La cubrí con una sábana y me abracé a ella, lloré hasta que el dolor fue tanto que no pude sentirlo; hace tanto tiempo de aquella noche, y ella sigue mirando el techo, mi pobre cadáver, sigue esperando lo que nunca llegará.

Obrero Invitado: Fatima

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