Canción para la noche: horror, amor y redención

Voy a decir solamente una cosa y lo demás -la reseña entera- estará de más: Canción para la noche de Chris Abani es el mejor libro que leí este año. Tuvo un par de competidores cercanos, pero no tengo duda. Y creo que es uno de los más entrañables que haya leído en mi vida, de manera que si llego a ser candidata a la presidencia y me preguntan por tres, estoy segura de que esta novela será uno de ellos.

Tal vez sea que, desde el principio, tiene ese lenguaje sintético que, cuando se usa con acierto, es elocuentísimo. Cada palabra es precisa, pero no como lo sería en Borges -en quien la precisión es etimológica- sino en un sentido más humano, más de sentimientos y sensaciones. Nos encontramos con una novela que es contundente desde la primera frase: “Lo que escuchas no es mi voz”. Punto y aparte.

Después de eso, una serie de detalles: estamos dentro de la mente de Mi Suerte, un niño igbo entrenado para desactivar minas en la guerra. Estamos en su pensamiento y somos partícipes de su lenguaje: un conjunto de señas que dan nombre a cada capítulo y están asociadas a las palabras que van construyendo la historia y la superviviencia. ¿Por qué un lenguaje de señas? Porque Mi Suerte no puede hablar: como parte de su entrenamiento, se le cortaron las cuerdas vocales.

Éste y otros horrores desfilan ante nuestros ojos en el testimonio de Mi Suerte: violaciones, muertes, niños soldados que corren con los intestinos en sus manos como bebés sangrientos. Y, sin embargo, Canción para la noche no es un libro terrible. Es conmovedor, sin duda, pero gira en torno a una idea: el amor está incluso en los lugares más sórdidos. Y el amor redime siempre.

Suena cursi, ¿verdad? Pues no lo es. ¿Cómo logra salvar Abani este obstáculo, el de hablar del amor supremo sin volverse hollywoodense o rosa? Creo que hay dos respuestas:

La primera: el amor que nos muestra es totalmente orgánico. Es tan real como el agua, como la tierra, como los olores de la sabana, que también sabe describir. El protagonista no es un héroe: es un niño, real y asustado, asombrado, neófito, ávido. Un niño mostrándonos lo que ve y lo que recuerda.

La segunda: Abani cree en el amor. Cree que entre la maldad se encuentra la bondad y que la redención siempre es posible. Es decir, Abani escribe con verdad, escribe su verdad. Además, lo hace desde la visión de su cultura: en el libro es natural que los espíritus de quienes mueren violentamente no se enteren de que han muerto y vaguen buscando su cuerpo; es normal que para identificar a un espíritu bueno de uno malo se dibuje un signo en la tierra y la distinción dependa de la capacidad de caminar a través de él. En el libro es normal que las respuestas más profundas vengan frases escuetas, ambiguas, o en refranes e historias heredadas de los ancestros.

Abani, con lenguaje simple, nos presenta una historia que se nos va revelando por capas: cada una es más dolorosa, atroz y terrible; cada una es más rica, más sensible y más bella. En cada una encontramos ideas más complejas, reflexiones sobre el lenguaje, la vida, la creación, la guerra, el amor, la violencia y la muerte. Mientras más avanzamos, más tiempo necesitamos para saborear las páginas y, a pesar de presenciar la destrucción, el libro nos hereda la esperanza:

He matado a muchas personas en los últimos tres años: la mitad eran inocentes y, de éstos, la mitad estaban desarmados. Algunos de estos asesinatos fueron un placer. Pero a pesar de esto, incluso sabiendo que hay pecados tan grandes que ni Dios los perdona, cada noche mi cielo sigue lleno de estrellas -una maravillosa canción para la noche.

Mención aparte merece la estupenda traducción y diseño editorial que ofrece Sur Plus. Definitivamente, un libro imprescindible.

 

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Lectora.