De griegos, mitades y debrayes

“Siempre hay un roto para un descosido” era la frase favorita de mi abuela cuando mi mamá o mis tías llegaban llorando a la casa por penas de amor. Son palabras que repitió incontables veces mi progenitora cada que entraba nuevamente un Virus a mi vida. Y a pesar de que los dichos se interpretan de formas distintas, la idea de mi abuela era clara: hay alguien para todos. Punto. Podía ser alguien muy parecido o muy opuesto, pero lo importante no era que tan rápido llegara ni como fuera, sino que existía. Y con eso se supone que respirabas tranquila, pensando que si este fue un fracaso más, no importa. Pronto llegara el descosido.

El dios griego del amor representado como Cupido

Años después, no sé qué tanto creo en eso de complementos y naranjas y otras mitades. Supongo que quiero creerlo. Pero fuera de rollos emocionales, la idea de las mitades regresó a mí hace poco, disfrazada en una lectura para una más de mis clases: Estudios Clásicos 205 – Mitología clásica. Siendo apenas la segunda semana del semestre, no llevamos mucho. Pero antes de leer la Teogonía de Hesíodo, venía un pequeño fragmento de un diálogo platónico acerca de la atracción sexual y el amor, ya que según el mito etiológico griego, al principio solo existía el Caos, surgiendo después Gea, la tierra, y Eros, el amor.

Siendo honesta, llevo muchos años leyendo mitología, pero nunca he leído al autor de La República. Investigando (y para no hacer el cuento más largo), el texto que leí es parte de El banquete o El simposio, narración que cuenta lo supuestamente ocurrido en un banquete organizado por el poeta Agatón. Los invitados a este evento son algunas de las grandes mentes griegas: Sócrates, Aristófanes, Pausanias y Alcibíades. El anfitrión les pide a cada uno de ellos que improvisen una historia que elogie a Eros, un dios que se considera sumamente importante pero no se le da el reconocimiento que merece.

La historia que yo leí fue la contada por Aristófanes, uno de los principales representantes de la comedia griega. Este comediógrafo dice que en un principio, los seres humanos éramos “redondos” y “dobles”: en lugar de tener una cabeza, éramos bicéfalos y teníamos ocho y no cuatro extremidades. Además, existían tres sexos: masculino (que proviene del sol), femenino (de la tierra) y andrógino (de la luna). Este último tenía características de los 2 anteriores. Nos dice Aristófanes que éramos fuertes y por ello, arrogantes. Nuestra forma circular indicaba que estábamos completos física y emocionalmente. Es por esto que nuestra ambición era grande, y decidimos desafiar a los dioses. Zeus, en lugar de destruirnos con su rayo, pensó en una forma distinta de castigarnos. Con ayuda de Apolo, bifurcó a todos los humanos, de forma que quedamos como somos hoy en día: una cabeza, dos brazos y dos piernas. Sin embargo, la transformación física no fue suficiente: ya no éramos criaturas completas. Desde entonces, en lugar de usar nuestra energía para desafiar a los dioses, nos dedicamos a buscar esa otra parte faltante de nuestro ser con el fin de estar completos otra vez.

Son muchas las razones por las que me gustó este mito. Podemos decir que la más banal de todas es que soy cursi de clóset y esa idea de buscar a alguien que te complemente refuerza mi cursilería interna. Pero me parece fascinante la importancia que le daban los griegos al amor, un sentimiento que creo que hoy en día, por más explotado que este con películas malas de Sandra Bullock y/o Hugh Grant, a veces se da por sentado. Lo que quiero decir es que no se aprecia como debería, y no sólo me refiero al amor de pareja, sino de amistades o familia. Querer y ser querido es maravilloso, y a veces ni cuenta nos damos del impacto que puede tener en nuestras vidas. Para los griegos el amor era tan vital en la vida que si no hubiera existido Eros al momento de la creación, Gea y Urano (el cielo) no se habrían unido. Básicamente, no existiría nada.

Por otra parte, la idea de los sexos mencionada en el texto también me dejó pensando mucho. Dice que si se bifurcaba un ser andrógino, quedaba una parte femenina y una masculina separadas, dando pie al amor heterosexual. Sin embargo, si se separaba a un ser enteramente masculino o femenino, su otra mitad iba a ser igual, siendo este un amor homosexual. La atracción era aceptada en cualquiera de estos casos. Y pienso en el relajo que se hace hoy en día con los homosexuales, siendo que hace millones de millones de años existía al menos una persona que no lo veía como algo anormal.

Amor es amor, en cualquier forma o paquete. O al menos esos son mis debrayes de hoy.

About Eleanor Rigby

Beatlémana de corazón, cafeinómana por gusto y necesidad, periodista en gestación, lectora ávida. Chilanga de nacimiento, actualmente vive en medio de los maizales. Tiene terror a los caballos. Viajera dispuesta en cualquier momento y situación. Distraída, impulsiva, emotiva y apasionada.