De huevos

Sufrimos una crisis de mercado oval. Pretender consumir huevos con la frecuencia que normalmente lo hacemos —las personas que solemos alimentarnos regularmente con el gallináceo y nutritivo manjar— implica una reflexión seria y profunda que aflige, estresa, y angustia al comedor de huevos.

Confieso que soy de las personas que invariablemente desayuna un par de huevos diariamente, esté donde esté, y con una devoción que raya en la más ortodoxa religiosidad. Podría prescindir de ellos por un día o dos, si es que la ocasión me orilla a nutrirme con otro tipo de alimento matutino, pongamos por ejemplo una incursión garnachera, la oportunidad de atacar un plato de menudo, la aséptica y saludable intervención vegetal —sean cocteles de frutas, platos de cereales, o similar — o bien, por la razón que sea, un limitado desayuno estilo europeo con pan, jamón y café. La adaptación gastronómica se tolera ante la certidumbre de regresar a los tradicionales blanquillos en cualquiera de sus presentaciones tarde o temprano. Hasta que la población avícola se vio azotada y mermada por la pinche gripe aviar.

Entonces todo cambió.

Hoy debemos de buscar con acuciosa perseverancia el lugar en donde exista inventario de huevos. Habiéndolo encontrado se debe revisar el precio del producto con frialdad de economista universitario y, de ser posible, comparar el precio por pieza del valioso alimento contra los precios anteriores a la epidemia aviar. Una vez teniendo las pumas de la gallina en la mano, es decir, todos los datos necesarios para tomar una decisión y ponderar la posibilidad de adquirir un paquete de huevos, debemos preguntarnos lo siguiente:

  1. Si compro los huevos ahora ¿estaré haciéndole el caldo gordo a los comerciantes especuladores que sin piedad ni sentido social alguno lucran con la escasez de tan preciado bien?
  2. Si no compro los huevos ahora ¿acaso estaré contribuyendo a la quiebra de la industria avícola nacional?

La simple perspectiva de poner mi granito de arena para que empresas como Baccoco desaparezcan con mi abstinencia alimenticia francamente me estresa. Pero también me llena de indignación enterarme de las sucias artimañas de los comerciantes para ganarle más de lo debido a un producto escaso por razones de inevitable fatalidad. Sólo tengo dos cosas claras: la primera y la segunda, y éstas van en orden de importancia.

La primera es que me rehúso terminantemente a apoyar la iniciativa de importar huevo extranjero que, como usualmente ocurre en este país, comience a inundar el mercado mexicano. Sólo de pensar que pronto no podamos encontrar huevos de gallinas mexicanas me pone verde. Verde como manzana de Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, de esas que no podemos comprar porque todas se exportan y a nosotros nos toca consumir manzanas gabachas.

La segunda es que entiendo perfectamente los efectos de una baja producción, y el impacto en el costo. Entiendo también que a los productores de huevos les cueste más dinero recolectar, empacar y transportar sus productos al disminuir el volumen. De ahí que entienda también que el precio de venta al detalle se vea afectado. Pero de ahí a almacenar los huevos y sacarlos al mercado con cuentagotas y carísimos, o no sacarlos es tener muy poca madre… o unos huevos muy azules.

En conclusión saco que mi animadversión se enfoca a los distribuidores de huevos, no a los productores. Entonces, como consumidora voraz de huevos ¿cómo les he de poner en su lugar?

Pues sin comer huevos… ¡a huevo!

Una semana resistí, y mi voluntaria renunciación derivó en una profunda nostalgia que me sumió en las profundidades del existencialismo y la meditación intrascendental.

Finalmente terminé adquiriendo los blanquillos —he de confesar que con cierto remordimiento de conciencia— y actualmente gozo mis desayunos en un abandono místico que me han llevado a publicar por Twitter las múltiples manifestaciones que desde lo más profundo de mi ser anímico brotan con furiosa vitalidad. Mi espíritu es como un prado florido.

El orden cósmico me ha insertado en el maquinismo natural haciendo que recupere la dimensión de mi existencia y el equilibrio místico. Todo gracias a la breve vigilia oval.

Huevos. Misteriosa esencia de la vida.

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La Bruja se construye con arquitectura e historia, se deconstruye con cigarro y tequila, y escribe lo que sucede mientras se reinventa.