De la maldad tremenda (y breve bienvenida al 2013)

A estas alturas del partido no me inspira escribir sobre el nuevo año que estrenamos ni del que acabamos de despachar, con todo y los eventos relevantes que ocurrieron. Sirva solamente comentar que, además de estrenar año, presidente y régimen semi-nuevo, estrenamos baktun, y sobrevivimos a muchas cosas tremendas que nos regaló el 2012, como la fortísima zarandeada de la que fuimos objeto los chilangos el año pasado. Les deseo a todos que este año nos trate mejor, y que podamos tomar buenas oportunidades y decisiones.

Dicho lo cual, les comento que con el estreno de la magna película de “El Hobbit”, mis vacaciones se convirtieron en un paréntesis de solaz dedicado por entero a J.R.R. Tolkien, pues rauda y veloz emprendí la lectura de El hobbit, y después El Silmarillion. Esta última obra es un poco más densa que la trilogía de El señor de los anillos y del mismo Hobbit que, a mi parecer, es el relato más ligero de todos los libros que les platico.

Lo que es muy interesante de El Silmarillion es la explicación de la cosmogonía Tolkienista —iba a usar el término Tolkienano pero se oye medio feo— en la que nos enteramos del origen de toda esta canija maldad que tantos sofocones mete a las demás historias. Les cuento lo que entendí:

Para empezar, existe un ente supremo llamado Ilúvatar o Eru, quien se ubicaría hasta arriba del organigrama cosmogónico. Ilúvatar creó a los Valar, dioses con distintos atributos: Ulmo, el señor del agua; Manwë, el señor del aire unido a Varda o Elbereth, señora de los astros; Aulë, señor de lo que se hace (si hay espacio les explico) que está unido a Yavanna o Kerentári, señora de los frutos; Oromé, señor de los bosques unido a Vána, señora de las flores; Mandos o Namo que es el encargado de juzgar, unido a Vairë la tejedora; Lórien o Irmo, señor de los sueños unido a Estë, la curadora o sanadora; Tulkas el fuertísimo e iracundo, unido a Nessa, señora de los animales; y Nienna, señora de los dolores y aflicciones, que como Ulmo, es solterita. ¡Ah! Pero también está Melkor, que era un gran Valar consentidazo de Ilúvatar, pues era bueno para todo. Él y Manwë se disputaban el liderazgo de los Valar hasta que la envidia y el rencor empezó a anidar en su pechito del Melkor.

Los Valar tenían sus ayudantes, también deidades pero de menor rango, que se llamaron los Maiar. Por ejemplo, la doncella de Varda era Ilmarë, el heraldo de Manwë era Eönwe, Ossë era vasallo de Ulmo, Maia era sierva de Vana y de Estë, y así. Evidentemente el pillín de Melkor también tenía su canchanchán, el famosísimo Sauron, la mismísima encarnación de la maldá que sale en la peli “El señor de los anillos” como el ojo que todo lo ve.

Los Valar habitaron en una región llamada Ainur, y con su canto —Ilúvatar los convida a cantar y crear— originaron todas las cosas que poblaron Eä (el mundo): los mares, ríos, plantas, animales, cielo, y demás cosas, todo en equilibrio y armonía; de alguna manera la creación de todo lo bueno y lindo dio origen a los Hijos de Ilúvatar —favor de no confundir con Los hijos de Sánchez—: los Elfos también conocidos como Quendi o Eldar, y los Hombres. Los siete padres de los enanos los creo Aulë, de ahí que uno de los atributos de los enanos sea el de hacer. En resumidas cuentas, los Elfos eran una raza de larguísima duración, todos guapisísimos y sapientísimos, ellos se dividían en otros grupos con rasgos particulares pero se podría decir que lo que los caracterizaba en general era lo que les cuento. En las películas podrán ver a los Elfos siempre hermosos, etéreos, y sabios, muy mágicos. La raza de los Hombres era más terrenal, y también se dividían en grupos, pero en general les caracterizaba su fortaleza, pasión y corta vida. A diferencia de los Elfos y los Enanos, los Hombres envejen muy rápido, y su salud se quebranta con facilidad.

A grandes rasgos así estaban organizados todos, los Valar adoraban sus creaciones y por medio de éstas adoraban a Ilúvatar, el creador supremo, mas no contaban con que Melkor, lleno de maldituría y cosa fea, se empeñaría en destruir lo que ellos hacían sólo por jeringar, como dirían las abuelas. Melkor —o Morgoth, como también se le llamó cuando fue declarado exValar— no sólo buscaba quebrantar y destruir, sino que también comenzó a buscar poder, y a crear personajes malvados como los orcos, —los hizo corrompiendo Elfos, por eso los Elfos les tienen una particular aversión y harto hardor a Sauron y sus muchachos— los dragones, o los Balrogs.

En fin, el caso es que en El Silmarillion se entera uno del origen de muchos de los personajes de El señor… y de su adaptación en las películas del maestro Peter Jackson, y entiende por qué unos odian a los otros, y de dónde sale este ente lleno de malignidá: Sauron. Lo que a nosotros nos toca ver en las pelis es al segundo de a bordo de Melkor, y a su achichincle Saruman, interpretado magistralmente por el mismísimo Christopher Lee.

Otro título de J.R.R. Tolkien buenísimo es Los hijos de Hurin, altamente recomendable para quien guste de tragedias con desgarramiento de vestiduras, corte de venas, y desenlace fatal. De cualquier manera, si les gustaron las películas del señor Jackson y les gusta leer, busquen los libros. Son historias épicas que carecen de progenitora.

¡Buen 2013!

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