De las calles de nuestra gran ciudad, y de sus héroes epónimos

Durante las averiguaciones que hube de hacer para redactar un trabajo con el que, pretenciosamente, aspiro a obtener el grado de Maestra en Historia de México, me encontré con un hallazgo que en mi condición de chilanga me dejó cariacontecida, pasmada y sorprendidísima: la identidad de don Miguel Ángel de Quevedo. Podrán pensar que soy una bruja de lo más ignorante, y sí, tienen toda la razón. Con don Miguel Ángel me pasa lo mismo que con Gabriel Mancera, Juan Sánchez Azcona, Martín Mendalde, o Rafael Alducín: transito por las calles que llevan sus nombres pero no dedico tiempo a averiguar quiénes fueron.

Como muchos chilangos he circulado por la avenida Miguel Ángel de Quevedo, que corre de Insurgentes a Taxqueña, y conozco la estación del “metro Miguel Ángel”, limitada por la supina ignorancia para reconocer a este excelso personaje de la historia de nuestro país, y que tan importantes cosas hizo para la Gran Ciudad de México.

En 1859 nació Miguel Ángel de Quevedo en Guadalajara, Jalisco, su papá fue don José Valente García de Quevedo, su mamá doña Ángela Zubieta, y tuvo nueve hermanos, él fue el sexto en llegar. Quedó huérfano pronto, a los dieciocho años, y ante las complicaciones económicas él y su hermano Vicente emigraron a Francia para seguir estudiando, invitados por su tío Bernabé. Aquí empieza lo interesante de la historia pues, el joven Miguel Ángel salió ingeniero hidráulico, y se graduó en la Escuela Politécnica de París en 1887. Durante su estancia en Francia se sensibilizó sobre la importancia de los bosques y el agua en relación al urbanismo, de ahí que sus aportaciones posteriores se centraran en dotar, rescatar, y conservar, zonas verdes en los centros urbanos del México de fines de siglo XIX y principios del XX. Según Luz Emilia Aguilar Zínzer, descendiente del personaje en cuestión, durante los años en Francia el ingeniero Quevedo “recibió la formación e hizo conciencia de que su país contaba con una de las más extensas y variadas riquezas forestales del mundo”.

Regresó a México el ingeniero en 1888, justo a tiempo para participar en la intensa actividad constructiva que durante el porfiriato se desató. Muchas fueron sus obras y estudios: presentó su “Memoria sobre el Valle de México, su desagüe y saneamiento” en la Exposición Universal de París en 1889, hizo el trazo y levantamiento del ferrocarril suburbano que iba de la Ciudad de México a Tacubaya, Mixcoac, y San Ángel; diseñó y construyó los diques norte y noroeste del puerto de Veracruz para que pudieran llegar las embarcaciones transatlánticas al mero puerto, también en ésta heroica ciudad hizo el Vivero de los Cocos, que liberaron a Veracruz de las infecciones que frecuentemente azotaban a la población, y dotó a la ciudad de una hermosa zona arbolada. Lo mismo hizo en Mazatlán años después.

En 1893 hubo un fuerte temblor en la Ciudad de México, y él se ocupó de rescatar varias edificaciones que resultaron afectadas como el Teatro Principal y el Nacional. También, como buen ingeniero decimonónico –por aquellos entonces los ingenieros comenzaron a hacerles competencia a los arquitectos–, construyó uno de los primeros multifamiliares que existieron en la ciudad, para los trabajadores de la Tabacalera El Buen Tono que sigue existiendo en la manzana que forman las calles de Bucareli, Turín, Abraham González, y Versalles, en la entonces flamante colonia Juárez. Construyó el edificio para el Banco de Londres y México en Bolívar, el anexo del Palacio de Hierro que está en 5 de Mayo y Venustiano Carranza, ambos en el Centro Histórico; en las inmediaciones de Puente de Alvarado construyó un sistema hidráulico de desagüe perimetral para la zona, una planta purificadora de agua en Contreras… bueno, a todo le entró.

Fue Regidor de Obras Públicas del Distrito Federal en 1901, y estableció los lineamientos para el desarrollo de las colonias Condesa y Roma. Escribió “Espacios libres y reservas forestales de las ciudades. Su adaptación a jardines, parques, y lugares de juego. Aplicación a la ciudad de México”, gracias a este estudio las colonias que a principios del siglo XX se trazaron incluyeron áreas verdes, avenidas anchas, y calles transitables. Impulsó la creación de la Junta Central de Bosques y Arbolados, precisamente para proteger, planear, y diseñar las áreas verdes que necesitan las ciudades, y que se puede considerar como el antecedente de la actual SEMARNAT; en una intensa campaña verde fundó varios viveros en la ciudad: en Coyoacán, Santa Fe, Desierto de los Leones, Nativitas, y Xochimilco, escogió estas zonas por ser las más degradadas de la cuenca del valle de México. Un proyecto destacable fue el del Bosque de Aragón, que hizo sobre suelos salitrosos que hubo de tratar y habilitar para poder sembrar ahí la vegetación del bosque, bueno, hizo hartos parques, avenidas arboladas, estudios urbanos, fundó la Escuela Nacional Forestal de México, y con sus egresados multiplicó el quehacer y las obras relacionadas con el tema.

Durante la decena trágica, el ingeniero hubo de huir de Huerta, quien ya se le estaba alebrestando porque no lo dejaba saquear el Vivero de Coyoacán –le gustó a don Vic pa’ jardín– y de regreso convenció a los constituyentes para que en la Carta Magna de 1917 se incluyera una ley forestal nacional con su texto “Nuestro problema agrario”, ya que don Venus y compañía querían convertir los viveros y parques en parcelas para siembra.

Para no hacer el cuento largo, en 1938 el presidente Lázaro Cárdenas nombró a don Miguel Ángel jefe del Departamento Autónomo Forestal y de Caza y Pesca, desde donde continuó con su lucha en defensa de la conservación de los recursos naturales hasta 1946, año en que falleció a los 84 años de edad el hoy llamado “Apóstol del árbol”.

Una historia que, sin duda, nos hará reflexionar cuando visitemos alguno de los viveros, colonias, edificios, o espacios que, gracias a este gran ingeniero, tiene la Muy Noble e Insigne, Muy Leal e Imperial Ciudad de México.

Fuente: Aguilar Zínzer, Luz Emilia. Miguel Ángel de Quevedo. Documento sin publicar. México, 18 de enero de 2012.

Fuente foto: Aguilar Zínzer, Luz Emilia. GDF/ Revista México Forestal. s/fecha. México: 29 de enero de 2012 <http://148.243.232.100/forestal/q_07.html>

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