Del día de la raza

Hoy, 12 de octubre, festejamos uno de mis días favoritos: nuestro día. Más allá de perdernos en reflexiones apocalípticas sobre matanzas, genocidios, y demás puntos de vista acerca de la conquista, encuentro, allanamiento, o lo que haiga sido lo que hizo don Cristóbal Colón, yo prefiero sentirme afortunada de que el supradicho se hubiera animado a embarcase desde allá donde se embarcó, de que la reina Isabel haya aflojado la feria para financiarle el periplo, y de que instalado en el despiste finalmente un día como hoy hace la friolera de 520 años, se hubiera topado con las costas de las excelentísimas islas del caribe. Me llena de júbilo que los españoles hayan llegado y que se hayan mezclado con los indígenas procreando esta nueva raza a la que tengo la enorme fortuna de pertenecer, que es la mexicana. Ni española, ni indígena: mexicana.

Para quienes sigan perdidos en el Laberinto de la Soledad, lamiéndose los dolores de la teoría violatoria que nos regala don Octavio Paz les deseo suerte, y ojalá salgan de su laberinto por la vía fácil: la de asumirse mexicanos en pleno siglo XXI, con las ventajas y desventajas que ocasiona pertenecer a una raza relativamente nueva. En mi caso, yo prefiero gozar de las ventajas y abandonarme con lúbrica delectación a degustar una gordita de chicharrón prensado —cabal representación de nuestra cocina criolla—, sudar la gota raspando la chancla al son de una rica cumbia, mortificarme con las peripecias de Rosa Carmina en alguna peli de rumberas, conservar mi calidad de fan del Café Tacuba, o disfrutar la lectura de un buen libro de autores como Sor Juana Inés de la Cruz, Xavier Velazco, Oscar de la Borbolla o Rosario Castellanos.

Y mi júbilo es producto de esto mismo: si no hubiera llegado Colón a estas tierras, nada ni nadie de lo que he referido existiría, comenzando por la que esto escribe… y francamente le tengo un alto aprecio a mi existencia, a la de mis progenitores, hermanos, amigos, parientes, y toda la mexicanidad que forma el mundo que me tocó vivir.

¿Qué costó mucha sangre, sudor y lágrimas lo que desencadenó la llegada de los españoles? Sí. ¿Qué con la conquista y evangelización se perdió la práctica de las antiguas religiones y de varias costumbres? También.

Yo quisiera conocer una civilización que no cargue en su haber histórico guerras, tragedias y evoluciones que, para bien o para mal, obligan a los pueblos a dejar ciertas prácticas atrás y adoptar nuevas en pos de una mejor vida. Lo que es importante es tener presente siempre de dónde venimos para poder entender mejor hacia dónde vamos, no olvidar ni descuidar nuestros antecedentes, y estar orgullosos de nuestro pasado prehispánico e hispánico. Nuestra riqueza cultural es enorme, hagámosla mayor construyendo, no disgregando. Me encantaría que los mexicanos hiciéramos conciencia de lo grandes que podríamos llegar a ser como nación si todos nos comprometiéramos a jalar parejo por el simple hecho de ser parte de este gran país que, a pesar de todo, sigue adelante.

Salud por el día de la raza, y salud por México.

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La Bruja se construye con arquitectura e historia, se deconstruye con cigarro y tequila, y escribe lo que sucede mientras se reinventa.