El Gran Gatsby: la tragedia del sueño americano

the-great-gatsby1Una de las grandes cosas que me han dejado estos cinco meses en Australia es mi reconciliación con la literatura en lengua inglesa. Siempre desprecié mucho a los escritores gringos en particular, pero hoy rindo honor a quien honor merecer y reconozco que los norteamericanos son grandes narradores.

La filosofía propone interpretaciones del mundo; la literatura las representa. Por ello, los autores no se ven libres nunca de ideologías e idiosincrasias, ya sea que se adhieran o se rebelen a ellas. Fitzgerald no es la excepción. En El gran Gatsby, su obra más importante, nos muestra que la realidad siempre terminará por demoler cualquier sueño, inclusive el sueño americano. El argumento es simple: Nick Carraway, pequeño burgués norteamericano, narra la historia de Gatsby y el misterio que envuelve el lujo y poder que lo rodean. En el fondo, el enigmático personaje no es sino un joven pobre, un self-made man que ha luchado por alcanzar una posición que le permita cumplir su único verdadero sueño. Aparentemente: Gatsby ha logrado lo que necesitaba: ha construido su prosperidad y está rodeado de gente rica y poderosa. Es, al fin, uno de ellos. Sin embargo, todo esto es meramente superficial, y en el fondo se esconde la verdad. Ni Gatsby es, en realidad, un aristócrata, ni las familias decentes y adineradas son en realidad nobles. Encontramos en esta novela la observación de la clase alta, con su belleza, con sus paraísos artificiales, con sus modales refinados, pero también con su hipocresía, su capacidad para ejercer la crueldad y, sobre todo, con toda su sordidez.

La contraportada de mi edición dice que la tragedia de Gatsby radica en nunca alcanzar lo que siempre ha soñado. Yo opino que lo verdaderamente desgarrador en la historia es que sí lo consigue, pero en el preciso instante en el que ve frente a sus ojos la materialización de sus ilusiones, descubre que todo es falso. Así, para Fitzgerald el sueño americano es un engaño, un gran fraude, una mentira que sólo conduce a la destrucción de quienes la creyeron. Si en algún momento sentimos compasión por Gatsby no es cuando, en un solo instante, lo gana y lo pierde todo, sino cuando aun horas más tarde, cuando la realidad se ha hecho evidente y todo ha terminado, es incapaz de creer que la idea que orientaba su existencia nunca fue verdad. Gatsby ha logrado todo lo que se podía lograr, ha visto de frente la verdad, la maldad y la muerte, y no puede evitar ser el hombre solitario que, desde su mansión, sigue pendiente de una luz verde del otro lado del muelle. Gatsby sabe que no hay nada más, pero no puede creerlo y sigue esperando.

La novela tiene, además, uno de los inicios más memorables y referidos de la literatura mundial: el consejo que alguna vez Nick Carraway, el narrador, recibiera de su padre:

“Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces: «Siempre que sientas deseos de criticar a al-

guien», me dijo, «recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti».”

Nick dice que ha vivido en función de esta recomendación, sin embargo, esta frase es en sí misma una mentira, pues Carraway critica técnicamente a todo el mundo a lo largo de la historia, y además denuncia, de manera sutil y desde la primera página, que la igualdad prometida en la tierra de las oportunidades es tan solo aparente. Se plantea así desde el principio un dilema continuo: el viejo tema del ser y el parecer.

Como en casi todos los rubros en los que se desenvuelven, también al escribir los gringos son de una eficacia irreprochable. Fitzgerald domina los saberes del oficio y maneja a la perfección el tono narrativo y la vuelta de tuerca, construye unos personajes humanos y conmovedores, representa simultáneamente la desolación y la indiferencia y muestra como pocos escritores lo horrendo y lo hermoso de la vida humana, alrededor de una anécdota simple y, por ello mismo, abrumadora.

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Lectora.