Entrevista con Victoria Dana

Victoria Dana, es licenciada en comunicación social por la Universidad Anáhuac. Actualmente, la editorial Textofilia ha publicado su más reciente creación, titulada Las palabras perdidas,  a la que ya le hemos dedicado un espacio en esta Fábrica.

En esta ocasión, entrevistamos a la autora un poco sobre ella y un     poco sobre la obra, para conocerlas mejor a ambas. Aquí están los resultados, que se espera el lector relea después de terminar con Las palabras perdidas.

 

N: Háblenos un poco de usted, más allá de lo que se puede leer en la semblanza que nos ofrece el libro, si ha viajado y a dónde, qué otras cosas ha estudiado, etc.

V: Desde niña, me cubrió el amor por los sonidos que se convertían en palabras, en frases. Descubrí que las palabras son sagradas, las atesoraba. Escuchaba con atención las historias y percibía el universo desde y para la palabra. Comprendí que me habían otorgado un don y eso me hacía sentirme especial, distinta, pero también obligada, responsable ante ese regalo destinal y divino.

Lo que me ha marcado como ser humano y como escritora, no es a dónde voy sino más bien de dónde vengo. Soy hija de inmigrantes judíos que vinieron de Damasco, Siria. La cultura, el lenguaje y la gastronomía oriental se entremezclaron con la cultura e idiosincrasia mexicanas para enriquecer mi propia visión de la vida. Es una combinación maravillosa, porque te enseña a entender la multiplicidad y la alteridad y a la vez que cada ser humano es único. Aprendí a respetar al Otro, que es distinto pero en su humanidad, igual a mí.

N: ¿En qué lugares ha vivido?

V: Mi infancia se desarrolló en la Ciudad de México, en la colonia Roma, de la que guardo recuerdos entrañables: el estanquillo, mi amiga y confidente de padres españoles, el dentista con su magia científica, la costurera cubana llena de salero, mi maestra de piano, la casa de mis abuelos donde construyeron su propio Damasco en medio de la calle de Guanajuato, el olor del pan recién salido del horno: la magia y las historias brotando de cada rincón. Muchas de esas vivencias aparecen en la novela, en la niñez de Blanca, pero traducidas, muy traducidas.

Algunas rimas que yo consideraba poesía, surgen a partir de los ocho años. Escribía acerca de mis vivencias, mis miedos, mis problemas. La escritura me permitía resolver pero, a través de los años y gracias a la influencia enorme de mi maestro Miguel Cossío Woodward, comprendí que la literatura no es testimonio; es ficción. Hay que saber mentir e imaginar, para escribir.

N: ¿Cuáles son sus lugares favoritos de la ciudad?

V: Me gusta mucho Coyoacán, tal vez porque, además de la gran oferta creativa para actores, escritores y artistas plásticos, me da la impresión de ser un pueblo pequeño que no acaba de integrarse a la ciudad. La ciudad me agobia, me abruma, a veces me paraliza. Necesito de la soledad, de tiempo para reflexionar.

N: ¿Desde cuándo escribe?

V: Nací con el don de la escritura, igual que mi padre: Un autodidacta que se impuso la tarea de leer un libro a la semana, porque no podía asistir a la escuela ante la prioridad de ayudar a la manutención de la familia. Pero la ni la herencia ni el talento son suficientes. No somos pioneros en el universo. Los escritores han dejado su trabajo por miles de años y tenemos un acervo inmenso que aprender de ellos. No es sólo el dominio de la técnica. Es dialogar con los grandes, conocerlos a partir de sus historias, entrar de lleno al templo sagrado que es la literatura con voces extraordinarias como Shakespeare, Dante, Cervantes, Faulkner, Proust, Thomas Mann, James Joyce, Virginia Wolf y Clarisse Lispector, por mencionar a algunos.

N: ¿La escritura fue en usted una cualidad nata, o aprendió la técnica, de ser así en dónde lo hizo?

V: El trabajo de años en el taller de Miguel Cossío Woodward, me ha enseñado a compartir esta pasión, a tener la humildad de escuchar y aceptar consejos y de corregir para crear de nuevo. También me ha enseñado a criticar con respeto los trabajos de los demás y a valorar el esfuerzo.

N: ¿Por qué el título? ya existen varios libros con el mismo título.

V: Hay como cinco. Parece que a varios “se nos perdieron las palabras”. Originalmente se iba a llamar Diccionario, pero después de un consenso en el taller, decidimos que debía llamarse así: Las palabras perdidas. No tuve la precaución de revisar el título, pero me enteré que existían libros hermanos, el día de la presentación en la librería Rosario Castellanos del FCE. Francamente me pareció divertido. No sé si hayan “otros” Diccionarios, podría revisar, pero ya dijo el buen Salomón: “Nada hay nuevo bajo el sol”. Pretender ser original es un acto de ingenuidad.

N: Únicamente dejándonos llevar por el título, ¿qué encontraremos dentro?

V: El encuentro y el desencuentro con la Palabra como un personaje más. La protagonista, Blanca Hernández, se aferra a los significados de las palabras como una última posibilidad de darle sentido a su vida. La palabra se convierte en tabla de salvación, desafío y arma. La Palabra, utilizada en defensa propia.

N: Ya entrando a Las palabras perdidas, ¿por qué hablar de esta enfermedad en específico, cómo se dio el contacto con ella, cuáles fueron sus fuentes para la investigación de los síntomas, consecuencias, etc.

V: No era mi intención hablar de la Demencia de Pick específicamente. Lo que me sucedió fue un hallazgo. Por la situación  del personaje, sus reacciones agresivas y paranoicas y sus cambios conductuales anteriores a la pérdida de la memoria, me di cuenta que no la aquejaba ninguna demencia tipo Alzheimer, así que tuve que investigar y el que busca encuentra: me topé con esta demencia Fronto- temporal que definió con mucha claridad al personaje. Al mismo tiempo que el médico en la novela, yo “diagnostiqué” a la licenciada Hernández. Es necesario dejar claro que dar un diagnóstico de una demencia de Pick es muy complicado, los enfermos pasan a veces por tres o cuatro supuestas enfermedades,  antes de llegar a esta demencia Fronto-temporal.

Mi investigación fue minuciosa. Mucha de la información puede conseguirse por Internet, leí varios libros sobre demencia y entrevisté a varios médicos. Una sobrina médico, Sandra Massri, me acompañó de la mano en todo el proceso.

N: ¿La obra se basa en un hecho real?

V: No. La licenciada Blanca Hernández de Montijo es mi responsabilidad y fruto absoluto de mi imaginación. Viví la experiencia y el duelo de una persona con demencia vascular, mi suegra. Necesitaba dejar por escrito las palabras que ella había perdido; sin embargo, su caso y sus circunstancias son distintos a los de Blanca. La ficción resulta de la mentira, es cierto, pero también tiene que surgir de lo que hemos vivido. La ficción es real.

N: ¿Por qué las referencias a la Guerra Civil Española?

Las referencias a la Guerra Civil Española surgen espontáneamente, en la historia de los padres de Blanca. No hay ninguna otra razón. Es probable que me haya influido Jorge Semprún quien merece un homenaje a La escritura o la vida, en medio de Las palabras perdidas.

N: ¿Cuál es el proceso de construcción que siguió para sus personajes y por qué?

El monólogo interior. Lo importante me parece, es que está escrita desde el punto de vista del enfermo, no de quienes le rodean.

N: ¿Cuál es el propósito de la obra?

V: El propósito era tratar de responder a las preguntas: ¿Qué piensa una persona cuando supuestamente ya no piensa? ¿Qué pasa por la mente de vacía de una persona? ¿Hay algo más?

Dejo a juicio del lector la entrevista, aunque cabe mencionar que aún nos sobrevive una duda que tal vez en el devenir de la “platica” se diluyó, y es ¿qué diferencia a esta historia de cualquier otra que se relacione con enfermedades mentales, quizá como Las Horas o Diario de una Enfermedad Mental? Aún así, reitero la invitación a leer Las palabras perdidas y enterarse de esta enfermedad poco estudiada y tan destructiva.

About soyAire

Yo: literata, mi alter ego: fotógrafa. Veamos en que punto las dos se juntan y el universo explota.