Fallas de origen: la promesa de un destino (I)

El premio

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 fue el marco para la presentación del Premio Letras Nuevas, convocado por Sanborns y Grupo Planeta, que ofrecía el que era (y sigue siendo) el reconocimiento más atractivo de la literatura mexicana en los últimos años, pues implicaba la publicación de la novela bajo el sello Joaquín Mortiz, y un premio indivisible de un millón de pesos. Inmejorable. El anuncio del ganador generó gran expectativa en la comunidad literaria, y produjo una potente reacción cuando finalmente se dio a conocer: era Daniel Krauze.

Los comentarios malintencionados no se hicieron esperar, desde los inofensivos hasta los feroces. No sólo se trataba de un autor conocido, publicado por la misma editorial que lo premiaba, sino tiene uno de los apellidos más sonados en el ámbito intelectual (por llamarlo de algún modo). Recuerdo haber dicho que este novelista no era un nuevo talento, ni necesitaba el dinero para escribir. Con todo, la novela fue presentada con un título diferente (¿por qué sucede eso con los textos premiados?); ya no era Días de Lava, sino Fallas de Origen, y era anunciada como la historia del regreso, de Nueva York a la Ciudad de México, de un inmigrante mexicano que en realidad no quiere volver.

Un escritor gana un concurso, aparentemente con ventaja, y con una historia que, también  aparentemente, no ofrece nada nuevo: el tema de la migración es recurrente en nuestra cultura desde hace al menos quince años. Fallas de origen y su autor despertaban muchas dudas. Había que leerla.

 

La novela

 

FALLAS-DE-ORIGEN-bajaLa historia inicia con un epígrafe significativo: “When  there is nothing left to burn, you have to set yourself on fire”. Eso mismo sucede frente a nuestros ojos: en cuatro días, Matías Lavalle, joven mexicano de clase media alta, tiene que levantarse de su “sofá mullido tan cómodo que parecía abrazarme, justo después de abrir una Corona helada a las doce del día”. Todo comienza con la llamada en la que su madre le informa que su padre está en el hospital  y la vuelta intempestiva de Matías, pero el conflicto real de la novela sucede meses después, en cuatro días en los que el protagonista se lleva al límite de la confrontación con su pasado y consigo mismo. Así, aparecen temas universales, perfectamente reconocibles: la vuelta al país, pero también a la memoria; la muerte del padre; la existencia de un destino. Aparece también el tema que, tal vez, ha sido el más determinante para la literatura, la filosofía y la sociología de lo mexicano: la identidad. Krauze construye con esto una novela violenta y dolorosa, pero también entrañable, llena de contrastes y de contradicciones. Una novela que nos retrata bien como mexicanos sin recurrir a uno solo de los lugares comunes de los que estamos cansados. Y, además, una novela sobre un héroe que se inmola, no para eliminarse, sino para construirse.

Puedo decir que Matías Lavalle es uno de los personajes más desagradables que haya leído en mucho tiempo, pero en su trayectoria se convierte en uno de los más agudos, honestos y entrañables. Por ello no puedo evitar pensar en el inicio de la historia, con el Matías niño junto a su padre viendo un volcán nevado, mientras éste le dice una frase en la que se cifra el dilema que recorre la narración: todos traicionamos la promesa de nuestro mejor destino. Esta primera imagen me remitió de inmediato a dos de los mejores inicios de la literatura mundial: el consejo de su padre, que Nick Carraway rememora al comenzar a contar la historia de Gatsby, y que gravita en torno a toda la historia de la sórdida sociedad de Nueva York; la otra alusión es más cercana: el día que, frente al pelotón de fusilamiento, Aureliano Buendía recuerda la tarde en la que su padre lo llevó a conocer el hielo. Estos parentescos, deliberados o no, son ciertamente ambiciosos: nadie duda que El gran Gatsby sea una de las grandes novelas americanas -y de las más influyentes del siglo XX-; nadie duda tampoco que Cien años de soledad sea la gran novela latinoamericana, de la que se han nutrido muchas otras. Pero, más allá de eso, ambos libros nos han dado tipos nacionales, con preocupaciones propias de su cultura. Matías inicia su historia en el mismo sitio que Carraway y que Aureliano, y  transita entre ambos: observa con desprecio a la sociedad de la que forma parte y la ve en toda su sordidez; por otro lado, proviene de un linaje tradicional, antiguo, y es el heredero de un hombre fuerte y sabio. ¿Seremos eso los mexicanos, una mezcla inevitable y paulatina entre lo latino y lo “gringo”? Y si no lo somos, ¿entonces qué somos? La pregunta queda en el aire en cada uno de los eventos de esta novela, que avanza con dinamismo y va incrementando su intensidad de tal manera que yo confieso que no pude soltarla hasta terminarla, que lo hice en cuestión de horas, que lloré y tuve necesidad de detenerme a copiar ciertas frases, y que al final admití que esta novela bien valía un millón de pesos.

 

(Fallas de origen, de Daniel Krauze, fue publicada por Joaquín Mortiz. Está disponible en librerías y tiendas Sanborns de todo el país. El primer capítulo se puede leer gratuitamente aquí.)

 

 

 

About Nora De la Cruz

Lectora.