Fiebre, de Daniel Krauze: potencia y quietud

Dejo el libro sobre mi escritorio. Un compañero de oficina se acerca y, antes de decir lo que venía a decirme, exclama: ¡qué fotografía más incómoda! Se refiere a la portada de Fiebre, una colección de cuentos escrita por Daniel Krauze, que se nos presenta con la foto de una joven rubia (¿Alicia?) suspendida en el aire, en la plenitud de un salto o vuelo o explosión. Esa imagen, que para mi compañero fue tan repelente y para mí tan atractiva, resume bien –logro del diseño editorial- la esencia de lo que nos narra Krauze en estas páginas. Los personajes centrales de sus historias son individuos, no niños pero tampoco adolescentes, que se encuentran suspendidos en su edad, en su circunstancia y en sí mismos. No tocan el suelo, pero tampoco vuelan, y la posición en la que se encuentran –aunque plena de fuerza y cambio- también asemeja a veces la inmovilidad.

Comienzo a leer y lo primero que noto es que no hay lugar al enigma. Lo literario de estos textos está en su codificación, es decir, en las decisiones que el autor toma sobre los espacios, tramas y personajes. El estilo es claro, casi transparente: poco lugar a la polisemia, y una gran intención de mostrar. Recuerdo que en algún lado leí que las historias de este libro surgieron como ideas para cortometrajes y me pregunto si esa manera de escribir, descriptiva, casi deíctica, fue intencional o si fue inconsciente, una herencia del proceso creativo audiovisual. Me lo pregunto y se lo pregunto al autor, que está a tiro de tweet, a golpe de correo; responde:

Estaba estudiando guión en Estados Unidos, donde se hace hincapié –constantemente- en que cada escena incluya una acción, en que el personaje cambie a lo largo de la historia, en que haya un inicio claro y un desenlace claro. No todas las historias llegaron a ser cortometrajes; algunas ni siquiera fueron esbozadas para cine. Pero eso no quita que, quizás por ósmosis, lo que aprendía en clase acababa en la página. Las historias son cinematográficas y descriptivas porque mientras las escribía también trabajaba en guiones que tienen que ser, por fuerza, descriptivos y veloces y activos.

Sí: el oficio es evidente. Hay en los cuentos encuadres y tomas y giros argumentales. Hay, también, coordenadas de espacio y tiempo muy determinadas: las historias son deliberadamente mexicanas, según Krauze, “porque quería hablar de circunstancias mexicanas –chilangas, en su mayoría- no de la infancia en general. Quería hablar sobre ser niño en México, ahora y en los noventa y en los ochenta. Creo que situar las historias en contextos concretos les da especificidad y riqueza”.

Efectivamente, en el libro estamos nosotros, los niños de su generación: los que vimos telenovelas y compramos Frutsis y Rancheritos a la hora del recreo. Los que pedimos a nuestros padres que nos llevaran a McDonald’s. Los que llamamos o fuimos llamados o escuchamos a alguien llamar a un compañero: puto, naco, indio, pendejo… Los que fuimos viendo en la tele cada vez más noticias de asesinatos y cada vez menos de esclarecimientos. Estamos también los adultos que vamos buscando los rastros de nuestra infancia en Periférico, o en cantinas del sur, o en restaurantes de Polanco. Fiebre es un libro de la infancia en un país en el que lo que sobran precisamente son niños. Y perros, elemento recurrente en las ficciones del autor: estos animales aparecen en más de una historia, como partes del espacio, como personajes o como metáforas. Antes había leído, en su blog, un cuento sobre un perro a quien un joven tortura sistemáticamente, así que la presencia de estas figuras se volvió inquietante. Al respecto, Daniel Krauze explica:

Desde Buñuel hasta Amores Perros, los perros han formado parte ineludible del contexto y la atmósfera chilanga (y mexicana, diría yo). Siempre he pensado que los perros mexicanos son un reflejo de nosotros como país. En Nueva York los perros están más emperifollados que sus dueños: basta acercarte a ellos para ver que los bañan y cepillan cinco veces por semana. El concepto del perro callejero es ajeno allá. Y aquí los perros están por todos lados, cogiendo en las esquinas, durmiendo en nuestros parques: una especie de submundo canino que vive apenas debajo de la superficie chilanga. Creo que los perros son símbolo del caos, la desidia, la suciedad mexicana. Por otra parte, creo que la manera en la que nos relacionamos con los perros habla mucho de las personas que somos (como queda claro en el cuento del perro Kim, donde el chiste es que el perro es más digno que el protagonista). Y, en una nota personal, los perros son importantísimos en mi propia vida. Tengo cinco, a los que adoro, con los que he crecido, y a los que cuido mucho. Supongo que meter perros en mis historias es anclarlas en una especie de contexto autobiográfico.

Otra recurrencia en los relatos que componen el libro es la representación de las figuras paternas. Los padres parecieran siempre mediocres, frustrados, a veces rencorosos. Las madres son incapaces de dar afecto o cuidado. Aparecen como figuras grises, casi incompetentes, con debilidades de carácter evidentes. Esta insistencia genera un ambiente de incertidumbre y abandono en los relatos, con el cual es sencillo identificarse. En este punto, Krauze se emparenta –acaso sin querer- con el núcleo de los cuentos de hadas: nuestros héroes infantiles casi siempre buscan salvarse, por medios mágicos generalmente, de una amenaza que encuentran en su propio hogar. Todo niño necesita pertenecer a una familia, pero necesita también alienarse de ella. Esa vertiente del subconsciente colectivo es la que aparece en este libro, como explica el autor:

Aunque use la tercera persona, Fiebre es un libro contado desde la perspectiva de la infancia. La cámara –la subjetividad de la historia- está sujeta a la mirada de cada uno de los niños y la manera en la que ellos perciben el mundo. Los padres son mediocres, tienen debilidades evidentes y son incompetentes porque, desde la óptica infantil, creo que muchos padres son, efectivamente, mediocres, débiles e incompetentes. Dice Joan Didion que no hay padres buenos y que los padres que piensan que son buenos, well, they better think again. A pesar de que mis padres han sido relativamente buenos conmigo, concuerdo con la frase. Y creo que la distancia entre padres e hijos nunca es más marcada que en los albores de la adolescencia: te tratan como un niño pero no eres un niño o te tratan como un adulto cuando todavía no lo eres. Es rarísimo que haya un padre que sepa cómo manejar la transición de su hijo de la infancia a la adultez sin cagarla. Y, sí, creo que la norma en el mundo son padres que no dan el ancho. Si la paternidad fuera un derecho que tiene que ganarse –como la licencia o el pasaporte- estoy seguro de que cada año nacería una décima parte de los niños que nacen hoy en día.

En este punto quiero decir que la gran fortaleza del libro de Daniel Krauze es, sin duda, el oficio. Hay una intención clara, sí, pero también hay un método para conducirla: “el libro es un conjunto de cuentos que, desde un cierto punto de vista, se podría considerar como una novela. Quizás no hay personajes que se repiten, como en Cuervos, pero sí hay una progresión temática. Los cuentos –los fracasos de mis personajes- se nutren unos a otros hasta que la historia culmina en el cuento de un niño que triunfa. Hay una tesis en el libro, que solo sale a la luz si se leen todos los cuentos (y “Fiebre” se lee al final)”.

Al leer este conjunto de relatos, seguimos al autor en los caminos que nos traza con gran sencillez y eficiencia (se nota, por ejemplo, la formación en Estados Unidos, donde todo escritor brillante empieza ocupándose por ser eficiente). Confieso que hay momentos en los que sentí que se me quedaba a deber cierta emotividad, pero en otros la claridad con que se enuncian las cosas era casi dolorosa, profundísima (¿habrá leído este joven autor a Steinbeck?). Hay, en la prosa de Daniel Krauze, simultáneamente algo que falta y algo que se anuncia. Puede ser que sea su obra una de las que maduran y luego permanecen. Habrá que esperar para saberlo.

 

 

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Lectora.