Garro y Paz, guerra y paz (I)

Pocos chismes tan sabrosos y tan oscuros en la historia de la literatura mexicana como los que giraron en torno al matrimonio entre Elena Garro y Octavio Paz (miento cuando digo “pocos”; se sabe que a nuestra literatura se le derrama la chismografía escabrosa). Lo cierto es que éste es muy llamativo por involucrar al único premio Nobel que ha dado México (llamado con ironía “el poeta laureado” por su primera esposa) y a la que los críticos y académicos han nombrado la mejor escritora mexicana después de Sor Juana Inés de la Cruz (aunque, por cierto, sus libros no se leen, no se reeditan ni se consiguen; la segunda mejor escritora del país es técnicamente un secreto iniciático). Mucho se puede contar sobre esta pareja y, en torno a ellos, sobre la complejidad de las relaciones, las rivalidades entre escritores, la condición de escritora hasta hace apenas unos años y las mafias culturales mexicanas, desde siempre y para siempre.

 

Srita. Helena Garro. Campeche 130. Ciudad: “es horrible tener razón de ese modo”

Patricia Rosas Lopátegui, en su libro Yo sólo soy memoria, dio a conocer las imágenes del archivo personal de Elena Garro. Algunas, de los años treinta, muestran a los jóvenes novios paseando con amigos en Chapultepec. Son las únicas fotos en las que la pareja aparece feliz: se trata de los días en los que Paz era un joven poeta, estudiante de derecho, que cortejaba a la estudiante de Letras e integrante del grupo de teatro de la UNAM que dirigía Xavier Villaurrutia. De acuerdo con los amigos que los conocieron en esos días, se trataba de una pareja dorada y promisoria: eran guapos, talentosos y estaban enamorados.

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De ese amor queda el registro en la vehemente correspondencia que el Nobel enviaba diariamente, por entrega inmediata, a la señorita Helena (sic) Garro. Héctor de Mauleón hizo, para El Universal, un estupendo artículo en el que revisa las misivas de Paz (no así las de Garro, de modo que no podría hablarse de “correspondencia” en el sentido estricto; curiosamente, en las colecciones de Princeton aparecen las cartas de José Bianco y Adolfo Bioy Casares a la novelista, pero no las respuestas de la contraparte). En las cartas del esposo de Garro se percibe la pasión del primer amor, y aparecen frases que más tarde serán gérmenes de su poesía y ensayos. Estas cartas fueron escritas por él a la edad de 21 años y son aproximadamente 170 páginas.

Si bien en ellas se advierte la devoción del novio, que se siente correspondido en menor medida por el objeto de su afecto, también están ya explicados los obstáculos que enfrentaba la relación: según el joven enamorado, los padres de Garro se oponían a ese amor, por considerarlo un pecado. Según la escritora, su padre lo único que quería era que ella terminara la universidad, y le advertía que Paz acabaría con su carrera, por celos profesionales. La propia Garro relató en diversas entrevistas, sobre todo en sus años de miseria en Madrid, que el noviazgo había iniciado de forma agresiva, pues ella estaba enamorada de Pedro Miller, pero el estudiante de Derecho comenzó a asediarla desde que la conoció en una fiesta (a la salida de la cual le escribió una carta en la que confesaba: “te amo coléricamente cuando recuerdo mi antiguo yo, el yo que ya no soy y no reconozco” (2). La joven, por su parte, decía estar completamente dedicada al teatro y al ballet. No encontraba a Paz atractivo, sino pedante y agresivo, pues “le salía por todas las esquinas” y “era tan pedante […] me criticaba mucho […] que la mujer no debía estudiar, que la mujer era el reposo del guerrero, que lo decían los alemanes y tenían razón”. Los padres de Garro intentaron enfriar la relación internándola en una escuela de monjas, hecho que afligió a Paz y produjo otras apasionadas cartas en las que él reclama que ella no lo defienda ante lo que considera una infamia en su contra, basada en “la espantosa rigidez de la moral”, pues afirma que ellos creen que su amor es un pecado. En una carta en la que Paz pretende convencer a Garro de que deben desafiar las convenciones, surge una de las líneas más conocidas de su obra: “El temblor que nos sobrecoge es un temblor sagrado. Un hombre ama a una mujer y la besa: de ese beso nace un mundo”. Ante lo que le parece una inminente separación, arguye: “ellos no tienen razón, pero aunque la tuvieran, debían arrepentirse, porque es horrible tener razón de ese modo”. Dos años después de iniciar esta correspondencia, en 1937, Elena Garro y Octavio Paz se casan de manera clandestina, según recuerda la autora, que afirma haber sido conducida con engaños a un registro civil, y haber firmado el acta bajo presión. La periodista a quien le confiesa semejante anécdota se sorprende: ¿cómo es que una mujer culta, rebelde y de carácter fuerte se deja manipular de esa manera? La novelista simplemente responde: “es que contra el yugo de Octavio Paz nadie pudo, ¿sabes?”

 

 

(1) Las imágenes forman parte del libro de Patricia Rosas Lopátegui, Yo sólo soy memoria: biografía visual de Elena Garro, publicado por Ediciones Castillo en el año 2000.

(2) Todas las citas de la correspondencia de Paz provienen del artículo de Mauleón.

 

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Lectora.