GOLEMÓN. Capítulo 1: De cómo nació Golemón

Las dos sensibilidades, la propia y la ajena, atemorizan al común denominador de los hombres (donde me incluyo) a la hora de hablar con libertad y comunicar claramente sus deseos y opiniones. Por esto encargué al maestro Mezyar, hábil fabricante de marionetas, títeres y otros monigotes, un muñeco de ventrílocuo. “Simpático, pero con cierto aire de solemnidad”, le había comentado por teléfono al maestro Mezyar. Este desplazamiento de la propia identidad me permitiría sin duda expresar con libertad lo difícil, lo que se traba entre la laringe y la lengua y encalla como barco mudo en el mar de saliva. Ventrílocuamente podría reconocer lo que no se quiere, lo que se desprecia de uno mismo, aceptar debilidades y virtudes propias con justicia y sin vanagloria. Podría al fin expresar sin artificios poéticos pobres los recovecos de mi sensibilidad, la pasión, el horror, el amor y la gratitud hacia los demás. A través del muñeco me conocería a mí mismo y proyectaría hacia afuera mi verdadera naturaleza.
Viajé en automóvil a Xalapa a recoger mi encargo. El taller del maestro Mezyar se situaba en un barrio periférico.
-Este barrio se confunde con la niebla. Cuando ésta cae con su espesura fantasmal, me siento en este taller como en el interior mismo de la niebla. En el interior de la niebla es donde deben habitar los muñecos- las palabras del maestro resonaron fuerte en mi interior, poéticamente, sin embargo, no presté atención a su contenido.
El maestro se sentó en una silla y encendió un Delicado. De inmediato, una sombra negra saltó como un silbido sobre su regazo, como si una de los millares de marionetas que descansaban en las hileras de repisas, una sombría, hubiera cobrado vida y buscara desesperada a su figura paterna.
-A este gato le gusta el humo del cigarrillo. Morirá de enfisema -dijo Mezyar.
-¿No le intimida, no lo abruma tal cantidad de muñecos en su casa? –su cama desordenada y angosta estaba justo en medio del taller.
-A veces sueño que están vivos y que viven sus vidas a placer, ignorándome desde la superioridad que les da la ausencia de necesidad de comida y bebida, así como de ir al baño –el maestro arrojó su delicado a un cenicero, que era una cabeza de madera puesta de cabeza y continuó. –Otras veces sueño, o alucino, no lo sé con certeza, que me atacan y me sacan los ojos. Entonces empiezan a morderme rabiosamente y yo sólo siento como me desintegro, pedacito por pedacito, y trato de ignorar el dolor y la angustia identificando a cuál de mis creaciones pertenecen las fauces que me desgarran el cuerpo.
-El horror, el horror –dije yo, estúpido, plagiando.
-Ah, sí, el horror. Pero también a veces sueño que bailan festivamente y son felices, o que me veneran como a su dios y cantan sin cesar el himno de mi gloria, me traen el periódico o un libro, mi café, mi tabaco, y se quedan sentaditos y en silencio esperando mis órdenes. El grupo de músicos –señaló a un cuarteto de cuerdas colocado en una de las repisas altas- toca cuando así lo dispongo y así, todos mis hijos me complacen.
Me quedé en silencio, interpretando perplejo al artesano. En su semblante advertí una mezcla extraña de seriedad, tristeza y aburrimiento.
-Su encargo está en esa caja de Avícola la Trinidad –dijo señalando debajo de la mesa de plástico, tan poco sofisticada que hacía un contraste ridículo con la perfección y complejidad de los rasgos, miembros y expresiones de sus marionetas.
-Ah, sí, mi encargo –dije, de nuevo, estúpidamente.
Al abrir la caja quedé maravillado. El muñeco era el equilibrio perfecto entre simpatía y solemnidad, justo lo que deseaba.
Abracé al maestro en un trance de alegría y él refunfuñó. Avergonzado, le pagué lo acordado ante su negativa de recibir el extra que ofrecí por la satisfacción obtenida.
-Hasta luego –dijo cerrando la puerta del taller.
Yo, contento, saqué al muñeco de su caja y lo coloqué sentadito en el asiento del copiloto y le ajusté el cinturón. En la caja de Avícola la Trinidad puse unos cuantos sixes de cerveza para el camino de vuelta a casa.
David Mandujano

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