GOLEMÓN. Capítulo 2: de cómo transcurrió el primer mes en compañía de Golemón

El muñeco llevaba un trajecito como de tirolés: un overol de terciopelo verde y camisita amarilla y su cabecita estaba tocada con un sombrerito de fieltro negro. El muñeco fue bautizado como Golemón. Me pareció una mezcla divertida del Golem y esos monos de Pokemón. Lo coloqué en una mesita en la sala, en un lugar muy visible, quería que todos lo vieran y admiraran su esplendor.
Todas las tardes, volviendo del trabajo, practicaba el ventrilocuismo con Golemón. Ensayé noches enteras, emocionado, sediento de elocuencia y verdad.
Fueron transcurriendo los días y mis progresos eran loables. Fui convenciéndome de que cuando dominara el arte del ventrílocuo, sería la mejor persona del mundo. Ensayé discursos y gestos, distribuí con minuciosidad las partes que me correspondería enunciar a mí y las que le tocarían a Golemón. Cuando no lo tenía sobre mi pierna hablaba con él, le contaba cosas, lo instruía para que fuera bueno. Un día, con sinceridad, le dije “eres el mejor amigo que he tenido” y lo abracé.
Determiné que al término de un mes estaría listo para expresarme a través de Golemón.
Los pequeños detalles extraños que tuvo ese mes, cuando no los ignoraba, los atribuía a un probable sonambulismo. En ocasiones sentí, en duermevela o en la profundidad del sueño, que alguien me tocaba suavemente la cabeza o los pies, o me destapaba. Algunas cosas por las mañanas estaban en sitios donde yo no recordaba haberlas dejado. Felizmente, reconvenía a Golemón:
-Ah diablillo –le decía sonriendo-, has estado inquieto en la noche.
Y Golemón, inmóvil en su mesita, con la sonrisa apacible y sus zapatos de piel.
No les daba importancia a esas cosas, era feliz en compañía de Golemón, aunque debo reconocer que hubo un par de incidentes que sí me parecieron sospechosos. El primero fue aproximadamente a los 15 días de la llegada del muñeco. Entré al baño a darme una larga ducha y a los pocos minutos, el agua estaba fría. Interrumpí mis abluciones y fui a inspeccionar el calentador. Estaba apagado. Cosa rara, no había corrientes de aire por ahí. Revisé el tanque de gas, había suficiente. Me dejó un par de días extrañado y al fin lo olvidé, no se volvió a repetir en aquel mes. El segundo incidente fue más extraño. Un día, regresando del trabajo, entré a la casa y noté que Golemón estaba en su sitio habitual, con su expresión habitual, pero desnudo. Tras unos minutos de extrañeza, atribuí aquel hecho a Tere, la sirvienta que iba una vez por semana. Seguramente había sacudido al muñeco y le había parecido que su ropa estaba sucia y se la había llevado a lavar. Con el espíritu tranquilo, entre práctica y dicha, transcurrió el mes.

David Mandujano.

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