GOLEMÓN.Capítulo 3: Aventuras de Golemón

Telefoneé a Laura, antigua novia, a quien había hecho sufrir. Era domingo.
-¿Qué mierda quieres? –me dijo al saber quién llamaba.
-Querida Laura, quiero pedirte perdón. He cambiado, me he dado cuenta de cosas. Sólo quiero que no haya resentimientos entre nosotros. Te invito un café.
Al cabo de media hora de súplicas y persuasión sutil, accedió a verme. “Le daré una bonita sorpresa” pensé mientras metía a Golemón en una mochila y salía a la calle, rumbo al café. Me senté en la terraza. Había buen sol, lo que me ponía de excelente ánimo. Esperando a Laura, puse cuidadosamente la mochila en la mesa y saqué a Golemón y lo coloqué sobre mi pierna.
-¡Casi me asfixio, pendejo! ¡no vuelvas a meterme en esa puta mochila! –dije, con la voz del muñeco, jugando, y vi venir a Laura hacia nosotros, con cara de estar esperando de antemano una desgracia (nuestra relación no fue más que una desgracia).
-Bueno –su rostro expresaba verdaderamente una molestia indescriptible- dime qué te traes entre manos, aparte de ese mono ridículo.
-Yo y mi amiguito queremos hablarte –puse cara de idiota para reforzar mi buena voluntad- Mira, con el tiempo la gente cambia y lamenta las malas acciones cometidas en el pasado…
-Lo que quiere decir este señor –interrumpió Golemón ante la mirada incrédula de Laura- es que lo corroe la culpa por las cosas que te hizo.
-Bueno, sí. Mira Laura, yo, aunque te quise mucho, no supe cómo expresarlo. Tampoco supe cómo responder al amor que me diste…
Hablé largo rato y Laura (al igual que Golemón, supongo) mantuvo su cara de aburrimiento.
-Está bien, ya lo he superado –dijo Laura al fin, recuperando un poco del brillo cariñoso de sus ojos.- Es bueno que aceptes tu culpa y el daño que me hiciste…
-¡AYYY, LA CULPA, AYYY EL DAÑO QUE ME HICISTE! AL PARECER TU ESTUPIDEZ TE IMPIDE DARTE CUENTA DE QUE TODA LA CULPA FUE TUYA, PERRA FRÍGIDA.
Laura se quedó pasmada, luego comenzó a llorar y se fue corriendo. Yo no supe qué hacer ni qué decir. Asustado, metí a Golemón en la mochila y me fui de allí. Ya en la casa, saqué a Golemón y lo puse de nuevo en su mesita. Allí se quedó, no se movió para nada, pese a que lo estuve observando hasta que llegó la hora de dormir. Me fui a acostar. En la cama pensé qué era lo que podía haber sucedido. Después de mucho rato de reflexión, caí en cuenta de que lo que había dicho con tanta violencia el muñeco era la verdad, ella era la culpable de nuestro fracaso amoroso. “Ha de haber sido una manifestación de mi inconsciente. Fui cruel, pero al fin, dije verdad” y al concluir esto, me dormí tranquilo como un bebé.
Desperté de buen humor, me bañé, me vestí y salí alegremente rumbo al trabajo. A una cuadra de la oficina recordé a Golemón. “Pobrecillo, se quedó solito” pensé y di la vuelta, lo recogí y me dirigí de nuevo a la oficina. Dejé su cabecita fuera de la mochila, para que respirara bien.
-Ehhh, señor Martínez, llega usted tarde –dijo el jefe apenas crucé el umbral.
-¡CÁLLESE PUTOOOOO! ¡YO LLEGO A LA HORA QUE SE ME DÉ LA GANA! –la cabecita de Golemón rugió con potencia y captó la atención de la oficina entera.
-Ah, es usted ventrílocuo, señor Martínez –dijo el jefe antes de que comenzara a excusarme-. ¡Qué virtuosismo el suyo! Debería dedicarse a eso en sus ratos libres. Lo felicito. Ahora a trabajar.
-¡TRABAJAR MIS HUEVOOOOS PINCHE TIRANOOOOO! –se desgañitó Golemón.
-Ja ja já –se rió el jefe con desenfado.- ¡Qué gracioso! ¡Muñeco pelado! Ja já.
El jefe se alejó contento y yo me dirigí a mi escritorio. No sabía qué hacer. Afortunadamente el jefe era un tipo muy risueño y tonto, pero la actitud de Golemón era preocupante. Aunque expresara con precisión lo que yo no me atrevería nunca a decir, era seguro que me metería en líos. Senté a Golemón en un banco y lo miré fijamente.
-¿Qué me ves? ¿Te gusto? Pinche puto. Me voy a dormir un rato, así que no chingues –dijo Golemón y se echó en un rincón.
Perplejo, no tuve otro remedio que trabajar. Golemón durmió hasta las 5, hora de salir. Lo metí con cuidado en la mochila para que no hiciera más estropicios. “Hasta luego Martínez”, dijo el jefe cuando me vio partir. Yo sacudí la mano discretamente, estaba apenado. Me apresuré a llegar a casa. Para mi alivio, Golemón era tan holgazán que siguió durmiendo hasta que yo al fin me acosté.
A las 5 de la mañana oí ruidos. Golemón estaba en la cocina, hurgando en el refrigerador.
-¡Buenos días! Creo que me he comportado mal y quiero compensarlo. ¡Haré un delicioso desayuno!
Iluso y con buena voluntad, creí en las palabras de Golemón. Entré al baño a ducharme. Estaba yo cantando Nessun dorma cuando percibí un olor peculiar. Salí de inmediato. Las cortinas de la sala estaban incendiándose y Golemón se había subido al respaldo del sofá para orinar sobre el fuego.
-JÁ. NO ME DECIDÍ ENTRE QUEMAR TUS PINCHES CORTINAS Y ORINARLAS, ASÍ QUE HICE AMBAS DOS. JÁ JÁ.
– ¡Pero Golemón! ¿Y el desayuno? –dije mientras iba a llenar una cubeta de agua.
-¡ME DIO HUEVA HACERTE TU PUTO DESAYUNO, MARICÓN!
Logré al fin apagar el fuego y levanté a Golemón del cuello de la camiseta de niño chiquito que le había puesto después de la desaparición de su ropa. Golemón estaba rabioso y pataleaba con potencia. Sentí sus movimientos como los poderosos espasmos que dan los peces grandes al sacarlos del agua.
-¡SUÉLTAME PENDEJO, SUÉLTAME QUE TE MATO HIJO DE PUTA!
-¿Qué hiciste con tu ropa, Golemón? –le pregunté con seriedad mientras sus patadas casi llegaban con todo su odio a mi cara.
-¡LA QUEMÉ IDIOTAAAAAAA! ¡SOY LA PURA VIRILIDAD Y ESE TRAJECITO ERA DE PUTITO! ¡LA QUEMÉ COMO VOY A INCENDIAR ESTA CASA CONTIGO DENTRO Y OJALÁ VENGA TU PUTA MADRE PARA QUE ARDA TAMBIÉN LA MUY PERRAAAAAAAA! –la furia de Golemón era tal que casi lloraba al no poder cumplir sus amenazas.
Lo dejé, cuando al fin se cansó de patalear, sobre el piso y terminé de bañarme. Decidí llevarlo una vez más al trabajo, no fuera a incendiar la casa.
Llegué a la oficina. Todos estaban pendientes de mi arribo.
-Buenos días, licenciado Martínez –dijo Tita, la recepcionista.
-¡VIEJA FEAAAAAAAAAAA! ¡NO SE ATREVA A HABLARME NUNCA MÁS! –rugió Golemón.
-¿Qué hay, Martínez? –dijo Vargas, un colega.
-¡PINCHE GORDO PUÑAL, VETE A LA VERGAAAAA! –exclamó con odio Golemón.
-Hola, amigo Martínez, hola muñeco simpático –dijo Violeta, la secretaria del jefe.
-¡PUTAAAAAAAAAAAAAAAA! –gritó Golemón.
Avergonzado, tuve que encerrarme en mi oficina para regañar al poseído muñeco. Senté a Golemón en una silla y sentí, pesada, su mirada de odio, sus dos ojos inyectados de sangre, la tensión asesina, el semblante angustioso del criminal. Apenas iba a empezar a sermonearlo cuando se asomó Vargas por la puerta de mi despacho.
-Martínez, el jefe quiere verte, pendejo. Es por el pinche Chucky ese. Y al rato te las vas a ver conmigo…
-Sí, sí. Ahí voy –dije mirando seriamente a Golemón, quien se mantuvo callado pero iracundo. –Tú te quedas ahí, tranquilito.
-No –dijo Vargas -el jefe especificó que era necesario que llevaras al muñeco.
Cruzamos el pasillo y sentí las miradas desaprobatorias de toda la oficina. Me apresuré. Llevaba la mano puesta sobre la boquita de Golemón y sentía sus mordidas rabiosas.
La oficina del jefe era pequeña, su escritorio estaba lleno de papeles y pequeños adornos. En medio había una placa metálica que decía:
Ernesto Romero
Jefe
-Tomen asiento –dijo, con gesto tranquilo.
-Sí, Romero. Pero antes… ¡QUÍTESE ESA RIDÍCULA PELUCA! –y Golemón se precipitó hacia él estirando sus manos.
Romero se tocó la calva, avergonzado, abriendo los ojos grandes, con incredulidad. Golemón se paseaba brincando por todos los rincones de la oficina, con la peluca en la mano, triunfante. Se reía como el mismísimo Satanás.
-He tolerado muchas ofensas, Martínez. Pero esto es demasiado. ¡Está despedido! –dijo el jefe, y fue la única vez que percibí autoridad en su voz.
Juntaba mis cosas y oía los gritos y risas de Golemón en todo el piso. Estaba presumiendo su reliquia. Saltaba por todas partes con la peluca de Romero en la cabeza ante la diversión general y la desesperación de Violeta, encargada de recuperar la falsa cabellera. Era una escena agradable sin duda. Pero yo estaba triste y enojado, pues Golemón me había hecho perder mi empleo. Tendría que hacer algo para domesticar a esa bestia en que se había convertido o bien deshacerme definitivamente de él.

David Mandujano

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