GOLEMÓN: Capítulo 5. Decadencia y Caída

Llegamos a eso de las 11 de la noche. Sorprendentemente, el viaje fue pura armonía. Ambos muñecos viajaron en la cajuela del auto y no percibí ruido alguno durante el trayecto. Al abrir la cajuela, Golemón salió lentamente, con un gesto exótico de abatimiento, peculiar, nunca antes visto en su rostro. Cierta tristeza crispaba su expresión antes furiosa. Bajó del auto y apenas abrí la puerta de la casa entró y se sentó en el sofá, con los bracitos colgando a los lados, las piernas bien alineadas en paralelo. La muñeca era, o fingía con indiferencia ser una simple muñeca, inerte y ornamental. Bajé la caja cuidadosamente y coloqué a la muñeca en el sitio donde antes había colocado a Golemón. Los ojillos del muñeco eran dos perros sin rumbo. Me sentí mal por él, sin duda algo había sido trastocado en su interior durante el viaje. Me senté junto a él y ambos admiramos a la muñeca por casi una hora, sin hablar. Cuando me levanté para irme a acostar, observé algo irremediablemente humano en la mirada de Golemón. Dejé caer con pesadumbre mi mirada condescendiente y paternal sobre él. No era lástima lo que sentía por él, era simplemente la cara más desnuda de la simpatía por un igual.

-Eras un ser sin alma y ella te ha provisto de una –dije al melancólico Golemón, que no apartaba la vista de la muñeca. –Su nombre es Alma.

Al otro día, al despertar, me dejó perplejo la paz que irradiaba un Golemón durmiente, con la cabeza gacha, custodiando devotamente a Alma, mujer-muñeca inmóvil y desdeñosa, sin vida, en la misma posición en que la había puesto. Me fui tranquilo a la calle a buscar empleo.

Volví de la calle y encontré a Golemón en la misma posición, sentado, mirando con ojos tristes a Alma, quien seguía inmóvil, ignorándolo, ignorándome a mí, ignorando la vida. “Buenas noches” me saludó Golemón y en su vocecilla advertí el dolor.

-Siento mucho haberte hecho perder tu empleo –me dijo y casi me arranca las lágrimas.

Comprendí que lo que había percibido en Golemón la noche anterior, el inequívoco rasgo de humanidad, era el sufrimiento. Sentí mucha pena por él y por mí, por la gente que había sufrido, por la raza humana. Supe que Alma se había sumergido en la vorágine que era el alma de Golemón, siempre agresivo e intenso, la violencia. Ahora sufría con la misma potencia el arrebato de la pasión, como antes había experimentado la rabia desatada.

-¿Quieres que guardemos a Alma en la caja de Avícola San Juan? –pregunté a Golemón, con la esperanza de poder disminuir su dolor.
-La belleza, la verdadera, la que hace sufrir, atraviesa absolutamente todo, cruza los mares, los más gruesos muros, los aislantes e impermeabilizantes. Atraviesa las pieles de piel, las de plástico, las pieles de madera hasta del más abyecto mono, como yo. No se puede ocultar el poder de la belleza.

Y Golemón, seguro habría llorado al concluir su discurso si en realidad hubiera sido un muchachito de verdad.

A eso de las 3 am sentí un leve jalón en la manga de mi camiseta. Encendí la lámpara y vi la angustia hecha muñeco, la desesperación encarnada en un pequeño ser, que en aquel momento me pareció más vivo que la mayoría de los humanos, los ojos grandes, las manitas suplicantes, todo el dolor embarrado en sus facciones.

-Perdóname que te despierte, pero… ¿tienes un trago?
-Pero Golemón…
-Te suplico, un trago, o dinero para un cuartito de ron, o cualquier cosa.

Humillado y triste Golemón sufría las inclemencias del insomnio. Junto a mi cama, en el buró, guardaba siempre una botella de ron para esos casos. Se la di. Agradecido, Golemón salió del cuarto y no hizo ruido alguno. Al otro día en la mañana supe que había vaciado la botella. Dormía profundamente, sin perder el rictus de desesperación, hecho bolita en el sofá. Alma, inmóvil y decorativa, tenía en su expresión una novedosa mueca de satisfacción.

Transcurrieron unas cuantas semanas. Yo buscaba trabajo y volvía ya entrada la noche. Comencé a llevarle diariamente una su botellita al pobre de Golemón, quien cada vez más parecía un muñeco de trapo. Alma siempre estaba inmóvil, fresca y majestuosa en su mesita. Golemón era un manojo de incertidumbre y tristeza.

David Mandujano

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