High fidelity: madurez, amor y música pop


No referiré aquí a los expertos, aunque podríamos citar a varios (de Rousseau a Freud, de Foucault a Marcuse); lo que quiero decir es que todos los estadios de nuestra vida no son sino constructos culturales. Ayer yo cantaba “métete Teté, que te metas Teté” ante la mirada extrañada de una amiga que me recordó algo que se me olvidaba: ella no fue niña en México sino en Cuba. No es lo mismo, aunque se pudiera pensar.

Aunque nosotros creemos que nuestra biografía es personal, debemos admitir que en alto grado está determinada por los constructos a los que me refería. Sabemos que somos felices en la medida en la que nuestra vida se parece a los comerciales. Cada ámbito humano está sometido a estándares, lo queramos o no.

El amor no podía ser la excepción. No por nada hay un clásico del american songbookque dice que cuando el amor verdadero al fin ha llegado la vida es como una canción (Cfr. Etta James “At last”). Y con toda es información enfrentamos lo cotidiano: llenos de expectativas irrealizables que nos confunden y esclavizan.

High fidelity, de Nick Hornby,  es una novela de iniciación del hombre contemporáneo; la anécdota es un rito de pasaje de la niñez a la edad adulta. El protagonista es Rob, un tipo común y corriente, inglés y melómano. Suena simple, pero no lo es. El libro de Hornby tiene permanencia y debería ser más leído por muchas razones, pero me concentraré en tres.

La primera de ellas es que Rob es un personaje absurdo. Gracias a eso, la novela está dotada de anécdotas originales, brillantes y, claro, dolorosas. Reímos entre lágrimas al vernos retratados en un hombre de treinta y tantos que ha caído en el abismo creado por sus expectativas y el mundo concreto. Rob no sabe si está enamorado, no sabe si ya es un adulto, no sabe si es feliz y no sabe cómo resolver nada de eso. Además, él mismo narra su historia, con falsa solemnidad pero también con crudeza. A ratos nos burlamos de él, a ratos nos identificamos, y por momentos él nos confronta directamente: cuando ha dicho alguna tontería que hace, piensa o siente, de inmediato nos recuerda que nosotros no somos distintos. Rob es un renegado, pero ante todo es un cobarde. No exagero si digo que cualquiera es Rob, es decir, que todos lo somos.

Si en los textos griegos y medievales los valores que necesitaba un hombre para considerarse como tal estaban claros y los individuos aspiraban a poseerlos, en la era contemporánea esto es distinto. Las nociones se han perdido, las fronteras no son claras y nadie está ansioso por alcanzar la madurez. Nadie quiere estar seguro de quién es o de qué es su vida. La adolescencia es una era dorada perpetuada por la estética de la duda. Rob no quiere renunciar a esta edad de la inocencia maliciosa, pero no puede dejar de sentirse aprisionado por ella. En ello radica su conflicto. Pensemos ahora que esta angustia existencial de nuestro tiempo está retratada con un humor inglés impecable -aunque sea pleonasmo-. Hornby equilibra forma y fondo: habla de lo profundo con ligereza, mueve a risa sin perder de vista lo esencial.

He dejado para el final la razón más evidente por la que High fidelity no carece de celebridad: el soundtrack. La novela está plagada de referencias a la música y, en general, a la cultura pop contemporánea. Hacer la ruta musical junto con el protagonista hace de ella una experiencia hipertextual que cualquier melómano agradece.

El gran punto en contra del libro es que no es fácil de conseguir. La traducción de Anagrama cuesta en México 350 del águila y pierde mucho del humor original. Conseguirlo en inglés es posible a través de amazon.com, a un precio no tan descabellado.

Sé que Hornby es un escritor hipster -en la acepción que tiene esta palabra en estos días-, y que sus novelas se han convertido en películas taquilleras y lacrimógenas, y que es comercial y descafeinado. Sin embargo, su prosa es inteligente e ingeniosa, y eso es mucho más de lo que se puede decir de muchos que sí se creen literatos actualmente. Hornby es un escritor eficiente y su libro -ahora lo entiendo- le puede decir mucho más a un lector contemporáneo que la mismísima Ilíada (hablo de un lector promedio). Y si nada de eso los convence, qué diablos, no lo lean. Yo sabré lo que se habrán perdido.

About Nora De la Cruz

Lectora.