La Canija Diversidá

Durante un breve viaje por la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de México a bordo de una de las flamantes unidades del Metro Bus, reparé en un letrero que ostentaba el respeto hacia las diferentes preferencias de los usuarios de éste sistema de transporte. El letrero se refería a la comunidad Lésbico-Gay-Transexual-Transgénero-Transgénico-Hiperbólico y Paraboloides, o algo por el estilo. La verdad es que con tanta preferencia se me han olvidado algunas, y tal vez pueda – dentro de mi supina ignorancia y galopante mala memoria – confundir algunos términos, pero vamos, creo que me doy a entender.
Cuando leo este tipo de anuncios públicos no puedo evitar dedicar un momento de reflexión, por lo tanto reflexioné hasta que tuve que descender en la estación pertinente, y ya para entonces una nubecilla de mortificación merodeaba mi estado de ánimo.
Ayer ocurrió la marcha por la defensa de los derechos de ésta misma comunidad, la LGTTT y anexos, y ahí acudí a curiosear. Los Turibuses llenos en la planta alta de gente bailando – muy buena música electrónica, por cierto – y las plataformas alegóricas muy adornadas, igual que algunos de los marchistas me regresaron a mi pasada reflexión, y me agüité todita.
Tratando de encontrar un paliativo a mi emoción negativa, decidí adquirir una máscara “de Lady GaGa” –así lo refirió el vendedor – para usarla y mimetizarme con el festivo ambiente de la marcha. Para mi gusto la susodicha máscara está mal hecha pero rudísima, es negra charolada, con harta cadena pendiente; usándola tal vez incluso podría contagiarme algo del fervor festejacional confundiéndome con los asistentes excéntricos, mas el destino esquivo me hizo comprobar que incluso enmascarada delato mi condición de aburrida y ordinaria buga. Hallábame yo paseando muy oronda con mi mascarita por la acera de Reforma, cuando una señora con su hija me solicitaron que les tomara una foto. “¡Con mucho gusto!” les contesté mientras tomaba la cámara que me extendieron, y enfocándolas les pregunté si querían que salieran los marchistas de atrás… “¡Ay, no, ésos están re-feos! Que salgan las Ecobicis por favor señorita…” Se pararon muy derechitas, solicité repitieran el consabido “Chis-güis” pa’ la foto, miramos el resultado, y se alejaron muy sonrientes después de agradecer la diligencia. Durante todo esto conservé la máscara cubriendo mi rostro. La amargura inundó mi almita
¿Por qué?
Muy sencillo. Me di cuenta de que los heterosexuales sonamos en estas épocas más aburridos que una orden de hermanos Cistercienses. Sólo hay que ver: soy mujer, nací con el equipo completo de mujer, y me gustan los señores. Desde chiquita me gustaban los niños, de joven me gustaban los chavos, y ahora de adulta me gustan los adultos. Suena hasta De Modé. Completamente Out. Lo opuesto a Trendy.
Para acabarla de amolar fumo puro tabaco, y bebo alcohol de vez en cuando… El colmo de la normalidad. Tal vez lo más excéntrico que pudiera yo presumir de mi personita son algunos tímidos tatuajes regadillos por mi ser, que no se perciben a simple vista ¡y ya! Creo que estoy dentro del grupo social que está pasando de moda, y eso me aflige profundamente, de ahí que esta mañana me pregunté: ¿Cómo podríamos hacer para que ser HE-TE-RO-SE-XUAL se ponga de moda? Por más que pienso y pienso, no me abandona la aflicción. Y no me abandona porque la neta… estoy contenta siendo lo que soy. Tal vez en algunos años ya me restire algo. Tal vez si tuviera varo ya me habría hecho una lipo. Y como ya lo he referido, soy chica Clayrol, y seguiré siéndolo por algún tiempo. Sin embargo por más que me pinte, opere, o intervenga el ser, no se me ocurre cambiarle nada estructural. Lo más descabellado que se me ha ocurrido es operarme para vender un riñón si es que no encuentro empleo oportunamente… pero nada que me haga cambiar de sexo, o de aspecto. Antes me sentía muy afortunada por ser así… ahora sigo contenta, aunque debo reconocer que no me gusta sonar cada vez más medieval simplemente porque ¡me gustan los señores!
En fin, son tiempos complicados con tanta canija diversidá ¿qué no?

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La Bruja se construye con arquitectura e historia, se deconstruye con cigarro y tequila, y escribe lo que sucede mientras se reinventa.