La cantinera III

La noche cubría con su negro manto la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de México, y en las calles transcurría la vida normal de cualquier viernes de quincena. La gente se traslada a sus hogares, a la fiesta, o al centro de esparcimiento de su preferencia.

Frente a un reconocido establecimiento en el que se provee de servicio de table dance de alta categoría, para un taxi. La portezuela se abre y sale el pasajero que, algo nervioso y tratando de pasar desapercibido, camina apresuradamente hacia la puerta de acceso del mencionado tugurio.

El vigilante-hostess-o como se llamen ésos señores que suelen estar muy trajeados en la entrada de éstos lugares, retira la cadena forrada de terciopelo para permitir el paso libre del cliente que, de prisa, se interna en el lujoso y exclusivo establecimiento. Dentro del sitio, lo aborda una rubia de dos metros y medio que con acento extranjero le saluda. El recién llegado disimuladamente le pone en la mano un objeto que no se distingue, la rubia observa el objeto – es pequeño – sonríe, y guía al nervioso cliente hacia una mesa ubicada en un recoveco obscuro. Él se sienta, ella se va.

Minutos más tarde llega un mesero que, serio, pregunta: ¿qué le voy a servir? El cliente responde nervioso: Un charro negro con dos huevos, por favor. El mesero asiente, discretamente devuelve el artículo al cliente – parece que la rubia se lo dio – y le contesta: Si gusta le muestro dónde está el baño antes de traerle su bebida. El cliente resopla aliviado, guarda su artículo, asiente, se para, y ambos echan a andar perdiéndose en la penumbra del lugar.

Al llegar al fondo de un pasillo obscuro, mal mantenido, y sucio, el mesero abre una puerta que aparentemente es de servicio, sin embargo al traspasar el umbral el ambiente cambia por completo. El cliente ha llegado a una cantina clandestina, de la que mujeres, niños, perros, y demás personas no tienen noticia. La decoración es la de cualquier cantina: muy iluminado, mesas y sillas de madera, una rocola al fondo, una tele en lo alto, la barra con el muro de espejo riguroso exhibiendo en unas repisas transparentes las bebidas de las que dispone el lugar, los muros están chapeados con madera, y no hay ventanas. Incluso tiene baños independientes al tugurio que sirve de tapadera.

Hemos llegado a la cantina El refugio del Papi. Evidentemente pocas personas saben de la existencia del lugar, y los parroquianos que asisten no divulgan su existencia si no cuentan con la autorización de El Papi –legendario capitán de meseros en otra cantina de donde se retiró-, dueño del lugar. Dentro del lugar – concurrido – se respira cierta calma que sólo es interrumpida por la discusión de los respetables asistentes, todos del sexo masculino, que reclaman a la tele prendida una jugada fuera de lugar mal señalada. De repente callan todos – ha terminado la repetición de la jugada – y algunos parroquianos regresan a su juego, otros mantienen la atención en el fut, algunos sólo conversan echándose sus tragos. Puro machín, y todos chupando tranquilos. En una de las mesas que contempla el fut – con cuatro exiliados de La Knela – se desarrolla una conversación, es la mesa en la que se ha instalado el recién llegado:

-Qué onda güey… ‘che Lorenzo, creímos que habías rajado con tu mujer y ya no venías…

-No, qué pasó… ¡Papi, una cuba campechana con Solera!

-¿No te hiciste bolas con la contraseña wey?

-No, a ver si para la próxima me avisas cuál es con más tiempo, ca…

-¿Que le dijiste a Francine, wey?

-Pues qué le iba a decir… que vine al table con ustedes… (callan y contemplan el partido con atención)

Llega el Papi, propietario del bebedero, con una cuba para Lorenzo.

-Quiubo Lorenz, cómo le va…

-Bien Papi, bien… ¿tú qué tal? Oye ca…no mames con la contraseña de esta semana, ca… está de huevos, ca… (todos ríen sin dejar de ver el juego, y el Papi contesta)…

-¡Je, je…! Ustedes disculparán, pero habló el Beto para contarme un accidente que tuvo en La Mundial, la cantina de un amigo… por eso puse una contraseña medio complicada…

Preocupados por cualquier peligro que pudiera acechar a la cantina, todos los parroquianos voltean a ver al Papi y le preguntan: ¿Quién es el Beto, ca…?… ¿Qué le pasó, wey?…

-Calma, calma – contesta el Papi dirigiéndose a todos, un exiliado de El León de Oro incluso le baja el volumen a la tele para escuchar, hay prioridades – Beto, Austreberto pues… es un taxista que me ayuda a contactar antiguos clientes para avisarles de mi cantina. Y siempre es muy discreto, incluso ha llevado a algunos de ustedes a sus casas…

Todos asienten y murmuran… algunos recuerdan al Beto e insisten: ¿qué le pasó, ca…?

-Bueno pues – continúa el Papi – lo mandé a la cantina La Mundial, para que contactara a mi buen amigo José el gachupín, y le diera la fichita que les doy a todos…

¡Ah! La ficha para que pueda venir… ¡Claro ca…!… – murmuran entre sí los contertulios, algunos sacan la ficha de dominó para constatar que no la han perdido. Parece una ficha cualquiera, sólo que en el dorso trae grabado el nombre del lugar: “El refugio del Papi” y la silueta curvilínea de una dama. El Papi las mandó hacer con un cliente suyo que fabrica fichas de dominó y se las hizo gratis: puras mulas de seis, no existen fichas diferentes. Éstas se entregan sólo después de que el solicitante es aceptado, y para eso el Papi cuenta con los servicios gratis de otro cliente que tiene buenas relaciones en la AFI. No se entrega a nadie que no haya sido investigado. Todos están de acuerdo en que así se haga, y todos los que van se someten al examen con tal de poder asistir eventualmente al lugar.

-Bueno pues… – prosigue – parece que su mujer lo encontró, él no supo cómo explicar nada, y lo tienen castigado en su casa haciendo el quehacer…

¡JAAA, JA, JA! Ríen todos. Cada quien se imagina la escena diferente, quienes lo conocen, comentan las hazañas del Beto, algunos preguntan preocupados: ¿y si rajó? Otros se conduelen: ¡Pobre cabrón!

El Papi pide silencio, todos callan y escuchan.

-No se burlen, ya hablé con él, y todo está bien, el secreto sigue seguro… ¡Es un héroe! – dice con voz quebrada el anfitrión mientras un mesero le acerca unos clínecs…

¡No te agüites Papi! – esta vez toma la palabra un exiliado de La Guadalupana – ¡SALUD POR EL BETO!

Y varias voces de hombre brindan conmovidos: ¡SALUD!

About La Bruja

La Bruja se construye con arquitectura e historia, se deconstruye con cigarro y tequila, y escribe lo que sucede mientras se reinventa.