La muerte de la bruja

Este fin de semana leí en el suplemento cultural de cierto diario la convocatoria para que varios artistas relataran cómo sería su muerte, a propósito de la cercanía del día de muertos. Los relatos fueron interesantones, pero francamente no me llenaron de emoción, y muy por el contrario, me dejaron con la ligera impresión de que la mayoría de la gente eludimos hablar, bromear o fantasear sobre nuestra propia muerte. Sin embargo me pareció un ejercicio interesantísimo, me provocó una emoción muy parecida a cuando de niña contemplaba una bici y me preguntaba ¿podré manejarla? Y la neta, quiero hacer la prueba, ustedes dirán si sale o no, y los invito a que le entren, pues parece divertido hacerlo.

Antes de entrar en materia, he de hacer una aclaración.

Uno de los detalles que tenemos la gente solitaria, es que nuestra muerte real se adivina aburrida, triste y ordinaria. En mi caso he detectado tres escenarios posibles, a cual más de simple. El primero: si me da el patatús en casa, seguramente se enterarán mis familiares directos de mi triste desaparición cuando mi hogar empiece a oler feo y los vecinos comiencen a quejarse con la administración del edificio que habito. Entonces llamarán a la policía, entrarán en mi casa, me encontrarán muerta y descompuesta – qué pena – averiguarán los números de alguno de mis hermanos y darán aviso de mi trágico – y aburrido – deceso. Escenario número dos: si me da el patatús en la calle, y en compañía de alguien conocido. Pues bueno, ya batallará el o la acompañante para ver qué hace conmigo mientras busca la manera de avisar a algún familiar. Escenario número tres, que tal vez sea el menos aburrido: si me da el patatús fuera de casa y no llevo identificación, o roban las que traigo. Con seguridad iría a parar a la fosa común, y de ahí al anfiteatro de alguna universidad para que me destacen en pro de la ciencia. Es menos aburrido porque por lo menos los proto-médicos se entretendrán conmigo y, si hay más allá, tal vez logre escuchar sus comentarios cuando perplejos busquen un hígado y encuentren una especie de pasa sanguinolenta, o que al sacar mis pulmones los tengan que sacudir como franela de afanadora de tanta ceniza, plomo y polvo… o bien, que al contemplar mi cuerpazo del delito inerte, desnudo y frio en la plancha, algunos – o algunas – de ellos musiten: “lástima, todavía servía”.

Más allá de esto, no logro imaginar nada entretenido, por eso prefiero imaginar la muerte de mi alter-ego: la bruja.

Como buena bruja, y si las cosas siguen su orden natural, moriría cuando estuviera archi-recontra-ultra-requete viejita, arrugada cual pasa, chirrriquitita, bigotona… y caminando. ¿Por qué caminando? Porque desde hace mucho tiempo la bruja ̶  es decir, yo  ̶  sabe que si deja de caminar se la lleva el tren, por eso todavía caminaré con la ayuda de un báculo multifuncional. Como todas las brujas, erraré en el bosque que representa la vida recordando a mis muertos, y a algunos vivos, pasando desapercibida por quienes no tienen ojos para ver a las brujas, y sólo nos tienen cierta inconsciente animadversión – por eso normalmente vivimos y morimos solas – y recordando cosas y gente que pasaron por nuestra historia hace muchos años, y que todavía añoramos.

Corte a:

Es entonces cuando un susurro en el bosque, una sombra sin luz que la provoque, o un suspiro sin dueño me anuncian que llegó la hora de partir, y la tristeza de abandonar todo lo que ya me era familiar me doblega nuevamente, como tantos dolores que sentí durante mi vida, y tantas cuestas que anduve con pesar. Muda me despido de lo que en este instante me rodea y comienzo a caminar. Nuevamente camino con dolor y, sin saber a dónde me llevarán mis pasos, me dejo guiar por el instinto. Después de mucho andar, ya cansada, me encuentro nuevamente en mi viejo, tenebroso, e infinito bosque obscuro, sólo que ahora su obscuridad no me asusta ni me atemoriza. Me interno en él con la familiaridad de regresar a una casa en la que viví y conocí bien, y en la que tuve que encontrar la paz a expensas de mi ser quebrantado y dolido. Entonces los árboles que lo poblaban eran altos, robustos, con una oronda fortaleza que les venía de su misma médula, las ramas firmes y altas ocultaban con su orgulloso follaje la luz, y así lo aprendí a transitar. Ahora los troncos los encuentro fuertes, pero añosos y resecos; las hojas en el piso forman una mullida alfombra que facilitan mi re encuentro y eso ocasiona que la paz llegue a mi –también ̶  añoso y reseco corazón.

He encontrado un pequeño túmulo en el que cansada me recuesto a esperar, y sólo entonces reconozco que este bosque ya sin hojas, desgastado, y sin vida es mi propia historia, es parte de mi razón de existir. Contemplo ahora el cielo que forma una pantalla gris y luminosa en la que se recortan las ramas secas y desnudas de los árboles que me cobijan, y a medida de que pasa el tiempo se va obscureciendo, mas ahora puedo contemplar las estrellas que lentamente despiertan con la noche. La luna llena me regala su resplandor pálido, el aire gentil me acaricia y aparta el polvo que necio se empeña en cubrirme sin lograrlo. Entonces siento un profundo agradecimiento al bosque que me enseñó a vivir, a mi cuerpo que me permitió transitar en este mundo, y al duende que me permitió hacer mi magia. Suspiro, y lentamente percibo como mis piernas cansadas, mis débiles brazos, y mi cuerpo abatido por los años se convierten en hojarasca que el viento desperdiga por el bosque.

About La Bruja

La Bruja se construye con arquitectura e historia, se deconstruye con cigarro y tequila, y escribe lo que sucede mientras se reinventa.