La playa de los muertos

19:30 hrs. Al fin llegamos a la Central de Camiones del Sur (Taxqueña), el autobús a Pochutla, Oax. sale a las 20:00 hrs. No sé a ustedes,  pero en lo personal la emosión de saber que vas a retirarte de la hermosa, enloquecedora, estresante, ruidosa, delictiva, contaminada, corrupta, viva, mágica, y adictiva Ciudad de México, es maravilloso.

 

Este viaje implica, aguantar doce horas de camino en las cuales las nalgas te quedan de mejoral; en ocasiones tú no duermes pero otros se desparraman y roncan como olla de frijoles (diría mi abuela); te da frío; te da calor; se te adormecen las piernas; te duele la espalda por estar enderezando y reclinando el asiento; ir al baño se convierte en una odisea, tienes que hacer de aguilita porque no falta el güey que se le ocurrió salpicar el inodoro; por el movimiento del camión no sabes si agarrarte para no caerte o sostenerte el pantalón para que no se moje con los orines del mismo güey que no le atinó… el punto es que de doce horas de camino sólo duermes como cuatro.

Los primeros rayos del sol que atraviesan las ventanas te despiertan, el aroma a mar se siente en el ambiente… el calorcito empieza a humedecer la piel, la gente empieza a despertar, te estiras, bostezos a lo largo del autobús, pelos parados, caras inchadas y grasosas, ojos lagañosos, rimel corrido… lo cual no te debe de preocupar porque todos nos vemos igual. Próximo destino Zipolite.

Significa en zapoteco la Playa de los muertos, esto se debe a que es mar abierto, sus corrientes son traicioneras, los primeros metros son confiables porque el mar te llega a nivel de la cintura, pero exactamente en donde rompe la primer ola pierdes piso totalmente, cuentan los lugareños que hasta los mejores nadadores han perdido la vida. La limpieza de la playa y de sus aguas turquesa se debe a que la gente que habita ahí se preocupa por recoger cada tarde la basura de los alrededores, conciencia que se ha contagiado a todos los que llegamos.

Los atardeceres son estremecedores;  las noche,  iluminadas con  lunas de queso y mantos estelares que dan miedo, ambos aderezados de la deliciosa brisa marina.

Si tu ser es noctámbulo, puedes irte a tomar unas buenas chelas en la Iguana Azul; Pie de la Cuesta; Casa Bobby… este último lo descubrí en esta ocasión, ponen todo tipo de música: árabe, jazz, blues, reggae, rock, salsa, son cubano… el trato es de primera, los precios son bajos (una chela te cuesta quince pesitos), hay una fogata a pie de la playa y una diosa danzante que tiene el don  de crear arte y los malabares más asombrosos con el fuego al ritmo de los Cadillacs.

Sí, todo un agasajo, mejor aun si estás con la persona que amas y un exelente libro. Pero, los días empiezan a transcurrir y te das cuenta de que empiezas a extrañar el ritmo acelerado de la ciudad; el tener acceso a todo con facilidad: el cine, el teatro, las papas con mucha salsa, los museos, los parques, las quesadillas de Doña pelos, las cantinas, los tianguis, los cafés, las tacos al pastor y de suadero, las bibliotecas, los consomés (pa’ curartela), los microbuses, los ambulantes, el metro (pero sin arrimón, que quede claro), los amigos…

Compruebas que la desintoxicación es dolorosa y que nuestra hermosa Ciudad de México se ha convertido en una deliciosa drogra…    

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