Los medios impresos, ¿deben morir?

Es cierto que en cuanto algo nace lleva en sí mismo su propia muerte, sin embargo, es curioso que cuando se trata de fenómenos culturales -sean corrientes artísticas o civilizaciones enteras- nos apresuremos a anticipar el final. La idea del Apocalipsis es recurrente y ante los cambios, por mínimos que sean, creemos ver el signo de la desaparición. Sin embargo, los presagios suelen ser exagerados y erróneos; para muestra, dos botones: el rock -considerado una moda pasajera- y el PRI -que, mal que nos pese, sigue vivito y coleando-.

Puede suceder, eso sí, que surja algo nuevo que sustituya lo anterior, y es en este punto en el que quiero detenerme, aplicándolo a un caso particular: ¿realmente las nuevos soportes de la información reemplazarán a los antiguos? O, más específicamente, ¿los cibertextos terminarán por suplantar a los textos impresos?

Es probable que la mayoría responda inmediatamente que sí, que los tiempos han cambiado y hay que dar paso a la tecnología. Sin embargo, hay un par de cosas que no se han observado lo suficiente, y que podrían definir la permanencia del papel.

La primera es un detallito que a nadie se le había ocurrido: los medios impresos operaron durante mucho tiempo como modelos del uso lingüístico. Supongo que muchos hemos escuchado anécdotas de los viejos correctores de estilo, que tenían como Biblia el manual de su respectivo periódico o revista, que pernoctaban en las oficinas de la publicación luego de haber cumplido su labor, justo a tiempo para el cierre de la edición. Todos hemos visto, creo, alguna fe de erratas, en la que se ofrecía disculpas al lector por un error producto del descuido, que aunque ya estuviera publicado debía ser corregido.

Esto ya no sucede.

Los medios se han convertido en una fuente siemprecambiante y vertiginosa. No hay tiempo para elaborar una nota, lo que se necesita es el dato, la información inmediata. El lector se enfrenta  a la sobre-exposición textual sin reflexionar que no todo lo escrito es cierto o está necesariamente bien escrito. Si lo que urge es publicar una noticia cuanto antes, no habrá tiempo de revisarla realmente, y si se pierde cuando surge la nueva, tampoco vale la pena corregir los errores hallados a posteriori. Las nuevas generaciones adoptan lo que leen en Internet como modelo lingüístico sin reflexionar que la rapidez y la precisión nunca se han llevado bien.

El otro factor que creo que debería considerarse es mucho más cursi, pero no por ello menos poderoso. El papel y el monitor son experiencias distintas, y lo que no es equivalente no es intercambiable. No vale de nada encontrar la misma informacion en uno o en otro, son soportes distintos y experiencias distintas. Me parece sensato afirmar que la mayoría de los blogstars de hoy se entrenaron leyendo las revistas noventeras de moda, y que su aspiración blogueril también es un intento de incorporarse a ellas -hablando de los profesionales, no de quienes bloguean por afición-. ¿Qué decir de los libros, cuya naturaleza de objeto es inseparable de su contenido, más aún en el caso de la literatura?

Sé que suena retrógrada esta defensa de lo que ya parece obsoleto, pero la realidad es que el proceso editorial tradicional tiene una razón de ser, y no puede -ni intenta- competir con la vorágine de blogs, twitters y ediciones en línea. Creo que la única forma de mudarnos totalmente al planeta web será cuando este cuidado del texto sea parte de la vida virtual, o cuando todo lector cuente con una capacidad de discriminación de las formas y los contenidos que le permita cruzar el pantano sin mancharse.

About Nora De la Cruz

Lectora.