Manéjese con cuidado

Hace dos semanas ocurrió un coloquio. A este coloquio asistieron muchas personas todas ellas muy preparadas y provenientes de diversos confines del planeta, que conversaron sobre narrativa mexicana. Llevaron sus ponencias, las leyeron, las discutieron, y los que tuvimos la oportunidad de escucharlos, aprendimos muchas cosas interesantes. Sobre todo si se le entiende a todo.

Entre los asistentes al coloquio —entre ponentes y oyentes— yo me encontraba llena de emoción, y sobre todo, de curiosidad. Siendo una bruja lega, mi emoción radicaba en el temeroso respeto que le tengo a la gente léida y escríbida, que aumentó cuando los coloquiantes se refinaron observaciones para mí absolutamente indescifrables y, que por lo mismo no se las puedo repetir, pues dentro del pasmo que me ocasionó tanto vocablo castellano me vino una total invalidez física que me impidió anotarlas para citarlas posteriormente. Francamente iba yo dispuesta a resolver muchas dudas, a preguntar mucho, y a conversar, mas cuando terminó la primera de las mesas que me tocó escuchar y el moderador volteó hacia la tribuna solicitando al respetable que preguntáramos lo que quisiéramos, comencé a maliciar que probablemente sería muy mal visto el que yo preguntara simple y llanamente: o sea… ¿cómo?

He de confesar que uno de los temas que esperaba llena de ilusión era el que se refería a la obra de Carlos Reygadas. He visto la mayoría de las películas que ha filmado y francamente he entendido muy poco. Creo que la única que podría yo narrar en un resumen es la de Luz silenciosa (2007) porque entendí algo. Si me preguntaran de qué se trata Japón les diría que se trata de un sujeto que llega a alguna parte y luego quién sabe qué pasa hasta que se acaba. De ahí que pusiera especial atención cuando Juan Carlos Reyes comenzó a hablar del tema, y grande fue mi pesar cuando, para arrancar la explicación, saliera el pelao con que el tema principal de la obra de Reygadas es la otredad. Chale. Ahí me perdí y ya no me recuperé, pues mientras el que hablaba, hablaba, yo googleaba en mi telefonito “OTREDAD” para si quiera saber de qué chingaos estábamos hablando. Mientras, la ponencia continuaba: la otredad estructural, la otredad como parte del lenguaje, la otredad patatí, la otredad patatá… Tristemente confiero que el cine de Reygadas seguirá siendo un misterio para mí.

Esa fue mi única frustración, porque de ahí en fuera salí con una basta lista de libros qué leer, y nuevas luces para leerlos. Como le comenté a mi hermana —la organizadora del evento—, a partir de este coloquio nunca volveré ver una peli, o leer un libro o cómic como antes.

Otra cosa emocionante fue haber conocido a Alberto Chimal, quien cerró el evento con una apocalíptica disertación sobre la narrativa y su futuro. Soy fan.

De hecho no le había leído nada hasta entonces, que leí y sudé con su libro Los esclavos.

Durante 149 páginas que se van como agua (puerca), Chimal nos pinta un panorama en el que adjetivos como “sordidez”, “ruindad”, o “sucio” quedan chicos. Si les gusta la cosa obscura, perversota y fea (pero muy fea) léanlo: está buenísimo. Ciertamente inquietante, provocador —me generó esa cosquillita nauseabunda que se siente ante la suciedad velada por lo siniestro— y ligero en su relato, el libro se lo puede uno echar en un par de horas, después de las cuales es indispensable sacudirse la mengambrea neuronal que le salpica a uno su lectura.

Ampliamente recomendable para los amantes de las historias renegridas. ¡Ah! Y no obstante la historia carece de moraleja, sirva de advertencia para las personas de costumbres poco ortodoxas: podrían aplicarles la máxima — como diríamos mis contertulios de dominó y yo— “cómase su cacota”.

Vítores y loas le dedico al maestro Chimal.

Chimal, Alberto. Los esclavos. México: Almadía. 2012.

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La Bruja se construye con arquitectura e historia, se deconstruye con cigarro y tequila, y escribe lo que sucede mientras se reinventa.