Murakami: cuerpo y palabra

Murakami no necesita publicidad: sus novelas son leídas por miles de jóvenes alrededor del mundo, traducidas a múltiples idiomas e incluso adaptadas al cine. Heredero de la tradición contemplativa de la literatura japonesa, moderniza los recursos -que no siempre los temas- de dos célebres antecesores: Yasunari Kawabata y Yukio Mishima. Los relatos de este narrador son en general observaciones de la soledad, del desencuentro humano, con potentísimas -a veces insólitas- imágenes, descritas con gran detalle.

No creo exagerar si digo que Haruki Murakami es uno de los escritores más influyentes de la actualidad. Sin embargo, no es un personaje que guste de los reflectores; por el contrario, se sabe que no le gusta ser demasiado retratado, pues prefiere pasar desapercibido en su comunidad a las afueras de Tokyo, donde lleva una vida estable, en la que incluye apenas algunas giras promocionales cuando alguno de sus libros lo requiere, o un par de cursos en universidades estadounidenses.

En el punto intermedio de estos dos extremos -el escritor público y el hombre privado- se puede situar el libro que comento hoy: De qué hablo cuando hablo de correr, peculiar en la producción del autor japonés, pues no se trata de una novela y es, por mucho, más breve que el resto de sus textos. Además, el novelista deja por un momento de ser tan celoso con su privacidad y muestra dos actos profundamente íntimos de su rutina diaria: escribir y correr. Con esto, el libro se convierte en una especie de memoria, pero no de un escritor reconocido, sino de un atleta aficionado.

Correr es como escribir. Escribir es como correr.

¿Para quién es este libro? ¿Para corredores, para escritores, para lectores, para fanáticos de Murakami? Yo diría que para cualquiera de ellos. Los corredores se identificarán con temores, debilidades y motivaciones que creían -tal vez- personales y exclusivas: el escritor confiesa que no siempre quiere salir a entrenar, que cuando siente un dolor en la rodilla se preocupa porque cree que no podrá correr el maratón para el que se ha preparado, que la hora de correr es su momento solitario del día y que para él es un acto casi de meditación. Dice, eso sí, que cuando corre lo que hace es simplemente correr: no piensa en literatura. No piensa en nada.

Ante los escritores admite que todo lo que sabe de escribir novelas lo ha aprendido entrenando. Y claro, redunda en los lugares comunes que ya otros han señalado (Hemingway, Forster…): todo es paciencia, constancia, esfuerzo, concentración, dosificación, dirección… Sin embargo, de la misma manera en la que describe su programa de entrenamiento, Murakami habla de su oficio con gran humildad, porque no se considera un atleta de alto rendimiento, ni se considera un gran escritor.

Los fanáticos de este autor encontrarán los elementos más notables de su narrativa, a los que nos tiene acostumbrados desde su primera novela: un lenguaje fluido y asequible, descripciones detalladas, imágenes y metáforas simples pero poderosas, momentos de gran emotividad – personalmente, encuentro que las anécdotas sobre las dificultades enfrentadas en alguna competencia son memorables, pero la gran imagen del libro es la de un Haruki Murakami adolescente, mirándose al espejo completamente desnudo para hacer el inventario de sus defectos. El libro no es una novela, pero tiene todo para mantener el interés de sus lectores fieles.

Finalmente, creo que se trata del texto más accesible de este escritor. Uno puede ser un total ignorante de su obra, un apático del deporte o un neófito de la literatura, y aún así encontrar en estas páginas entretenimiento y, sobre todo, una observación reflexiva y entrañable sobre la vida (el trabajo, el talento, el paso del tiempo, los momentos decisivos), hecha por un hombre de casi sesenta años que ha corrido miles de kilómetros y escrito miles de páginas como si ambas cosas fueran simples y orgánicas demandas corporales.

Haruki Murakami: “Al menos nunca caminó”

Admito que yo leí este libro más por la parte deportiva que por la literaria. Murakami no es lo que yo llamaría un gran escritor. No es Faulkner, o Hemingway, o Fitzgerald. Definitivamente, no es Borges ni Dostoievsky. Y, sin embargo, creo que después de leer este breve recuento de experiencias, lo admiro más. O distinto.

El autor explica, con toda simpleza, que escribe porque un día se le ocurrió, como una revelación: durante un juego de baseball, mientras tomaba una cerveza, decidió escribir una novela. Lo hizo a mano, la envió a un concurso y se olvidó de ella. Meses después resultó ganador y, con eso, inició una carrera que no alcanzó a suponer mientras el sol brillaba sobre el estadio de los Yakult Swallows. Del mismo modo, comenzó a correr simplemente para mantenerse en forma y, un año después, corrió la ruta original del Maratón de Atenas y, años después, otros como el de Nueva York. A partir de este paralelismo, Murakami explica cómo sus libros no pretenden ser gran literatura: son historias que crea con la misma disciplina con la que entrena para correr largas distancias; en ellos percibimos la constancia que le da su célebre largo aliento – basta pensar en su última publicación, 18Q4, una obra que no podía lograrse sin perseverancia e intención-. Así, el novelista confiesa que la creación verbal es para él un ejercicio impuesto por su instinto pero también por su voluntad, que requiere esfuerzo y tiempo. Que es, ambigua y simultáneamente, natural y no natural.

Haruki Murakami hace, en este libro, dos cosas muy valientes: difunde sus tiempos y ritmos de carrera, mostrando que nunca llegará primero en un maratón, y declara que escribe porque sí, porque se lo pide el cuerpo, que no es un genio ni le importa serlo. En suma, que mientras quiera correr, correrá, sin importar a qué velocidad, y que mientras quiera escribir, escribirá, sin importarle demasiado si lo que hace es o no buena literatura. Se jacta, hasta ahora, de que sus novelas le gustan a él, y de que en todas las competencias en las que ha estado ha resistido incidentes, calambres, momentos en los que ha creído que no puede continuar, pero -aunque a veces tuvo que perder velocidad- “al menos nunca caminó”.

De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami, es distribuido en México por Tusquets.

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Lectora.