Nicolás de Chamfort

The most wasted day of all is that on which we have not laughed.

Comienzo esta columna con una frase célebre del personaje del día de hoy, un escritor que si bien es conocido por su obra, es más conocido por sus frases célebres… y de éstas tiene hartas. Disculpen el inglés, pero me gustó para dejarla así.

Nicolas-Sèbastien Roch nació en 1741 en Clermont, Francia. Fue hijo natural de Jaqueline de Vinzelles y Pierre Nicolas, el canónigo de la Catedral de Clermont, otras fuentes señalan que don Pierre fue abarrotero, mas eso carece de la menor importancia. Estudió becado en uno de los mejores colegios de París, y muy jovencito se puso a escribir para ganarse la vida, fue columnista, y al mismo tiempo recibía una pensión para acompletar el gasto. A los veintiún años adoptó el nombre de Chamfort, y comenzó a chambear de profesor y vendedor de libros. Como era guapetón, abuzado, y movido el pelao, no le resultó difícil relacionarse con las altas esferas sociales, y pronto se procuró un mecenas. Así pudo vivir mejorcito y colarse entre la nobleza francesa, hasta llegar a formar parte de la corte del rey.

En 1764 escribió y montó su primera comedia La Jeune Indienne –que le ganó algunos elogios de Rousseau–, seguida de varios ensayos, odas, poemas, hasta que en 1769 se ganó el premio de la Academia Francesa por su Eloge de Molière, amacizando su reputación y carrera de escritor. Publicó varias obras más, en 1774 ganó el premio de la Academia de Marsella, y para 1776 ya estaba montando otra obra, ahora trágica, para presentarla al Rey Sol: don Luis XVI. Así andaba trotando de éxito en éxito en la mundana vida cortesana, cada vez más incómodo por la frivolidad propia del asunto, cuando decidió retirarse un ratito del trajín y se mudó a Auteuil, en donde se enamoró y decidió casarse con una dama de su anfitriona, la duquesa de Maine, de cuarenta y ocho años. Digamos que ya no se cocía al primer hervor la novia que, si bien tenia sus asegunes, parece ser que era una señora sumamente culta, inteligente, y perspicaz. Para estas alturas del partido, don Nicolás, que había sido galán, había cachado una enfermedad secreta –supongo que sífilis– que le dio en la madre tanto a su aspecto, como a su carácter. Desafortunadamente el casorio le duró poco, y seis meses después de la boda, Madame Chamfort se murió. Poco después Nicolás decidió regresar a la vida en la corte y continuar con su trabajo de escritor, y al protector en turno, del que se hizo cuaderno de doble raya, incluso le escribió sus discursos. En ésas andaba cuando lo agarró la Revolución Francesa, y le dio por apoyar la causa olvidándose de sus amigos nobles. Don Nicolás se unió al Club Jacobino, fue orador ambulante, invirtió su pequeña fortuna en propaganda revolucionaria, participó en la toma de la Bastilla, y publicó en el periódico Mercure de France.

Pasada la revolución, derrotados los Girondinos, y con Marat y Robespierre apuntalados, Nicolás le bajó a la emoción política y, como siempre crítico, le dio por expresar con cierto sarcasmo su opinión sobre el nuevo orden establecido, cosa que no gustó mucho –hay que recordar que el señor era escuchado por mucha gente– y que lo meten al bote.

Aquí comienza la parte trágica de la historia pues, no obstante salió del tanque rápidamente, este gran pensador se apachurró tanto que se pegó un tiro en el paladar para terminar con su vida y extinguir toda probabilidad de que lo volvieran a guardar. Para su poca fortuna el numerito no le salió, y sobrevivió al balazo quedando tuerto y deforme. Pasado este trance, siguió escribiendo por un tiempo hasta que en abril de 1974 nuevamente se intentó matar hiriéndose con un abrecartas en el cuello primero, y en el pecho y piernas después, sin lograr su objetivo. Su criado lo encontró moribundo y lo llevaron al hospital en donde, finalmente, pereció.

Existe otra versión de los hechos en la que, después del primer intento de suicidio, ése sí constante en todas las biografías, logró morir en su casa, y no en el hospital. Sea lo que fuere, definitivamente su alma atormentada no soportó el pesado quehacer que implica vivir y se convirtió en uno de los personajes célebres que terminan con su existencia.

Investiguen más sobre don Nicolás de Chamfort, sus frases célebres son buenísimas, unas graciosas, otras fúnebres, las más críticas. También hay algunos poemas que le escribieron a él: el hombre sabio que no quería vivir, y no sabía cómo dejar de hacerlo.

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