Pausa Olímpica

Hoy terminaron los juegos olímpicos. Definitivamente es una fortuna poder contemplar los grandes espectáculos que se montan en la inauguración y en el cierre del evento, y las competencias de las diferentes disciplinas. En esta ocasión tuve la enorme fortuna de poder ver muchos de los encuentros pues me topé con el sitio terra-punto-com, en donde se transmitió toditito sin comerciales y en alta definición, lo que fue todo un gozo espiritual. Incluso los comentaristas deportivos me gustaron, cosa que no ocurrió con los comentaristas de la inauguración ni del cierre, que desperdiciaron mucho tiempo leyendo mensajes poco interesantes y me dejaron con una cauda de interrogantes sobre muchas personalidades, u omitieron destacar cosas interesantísimas por andar sacando comentarios y saludos que, francamente, para mi gusto fueron estorbosos. Lo importante y gratísimo de este sitio es que nos abre una puerta alternativa a los prófugos de la tele por cable, o a las personas que no pueden ver la tele en ciertos horarios, en esta ocasión pudimos ver los juegos en la compu, la tableta o el celu… ¡a toda madre! Evidentemente nos perdemos de los “programas especiales” que preparan TV Azteca y Televisa. Unas por otras.

Hay tres cosas que me dejaron estos juegos olímpicos londinenses:

1)     Los importantísimos legados del Reino Unido a la humanidad: comenzando por la Revolución Industrial y todo lo que implicó, fue impactante ver la presentación alegórica en la inauguración. Sin duda Inglaterra tiene una historia interesantísima, y uno de los picos que irradió su efecto al resto del mundo fue este interesante fenómeno industrial. Otro caso impactante es la música, la humanidad no podrá terminar de valorar los grandes artistas que de ahí han mejorando al mundo con su música. En lo personal opino que los Beatles son y serán siempre los líderes en este asunto, y después encontramos un apretadísimo cúmulo de bandas y personalidades que han marcado el paso en la música contemporánea.

2)     ¡Al fin una medalla de oro! Gracias al equipo olímpico de futbol recuperamos muchos mexicanos el sentimiento de que somos los mejores en el mundo en algo bueno. Por fin pudimos sentir regocijo en medio de estos tiempos aciagos por los que pasamos: nuestra aguerrida selección olímpica al mando del heroico DT Luis Fernando Tena ciñeron los laureles de la victoria, y recuperaron para la patria el honor y el orgullo del liderazgo mundial ni más ni menos en el deporte favorito del pueblo mexicano. Fue en el mítico estadio de Wembley en donde nuestra selección azteca culminó esta gesta histórica con la volcánica gloria, y la inimaginable derrota del titán de titanes pambolero: Brasil. Uno a uno los hijos de la patria recibieron su medallota de oro restaurando algo del honor y dignidad que muchos mexicanos ya traíamos algo maltratados. No es que ningunee otras glorias futbolísticas, ni las seis medallas que —además de la que canto— nuestros ínclitos y esforzados atletas ganaron. El oro olímpico significa que el equipo o deportista que representa a un país se ha batido en duelo con lo mejor de todos los países del mundo, no de un continente en particular: es de todo el mundo conocido. Por esta razón mi corazón se colma de patriótico fervor, y humildemente agradezco a don Luis y sus muchachos el triunfo inconmensurable que conquistaron para la patria. (¡Dios! Esto sí que fue catártico…)

3)     Y bueno, con tristeza he de confesar que mis afectos quedaron prendados de puros atletas extranjeros. Los mexicanos, aunque buenazos en sus disciplinas, no destacan precisamente en el asunto de la estética… y sépanse que no soy discriminatoria; muchos años pasé enamoradísima de Juan Francisco Palencia, dignísimo ejemplar futbolístico de nuestra broncínea raza. Sin embargo los brincos del alcoholicote y guapotote Ivan Ikhov —Federación Rusa, salto de altura— me mantuvieron en un trance romántico estepario durante las eliminatorias y la final, en donde se ganó el oro. A cada brinco del chamaco un lánguido suspiro de amor resonaba en mi edificio. Muy diferente a lo que despertó en mi ser el grandullón de Robert Harting —lanzamiento de disco de la Germania— cuando se sacó la medalla de oro y se rasgó la playera a lo Hulk. Mi reflejo corporal fue semejante al del conejo Tambor que sale en la peli de Bambi cuando ve a una conejita: aporreaba el piso con el pie. Guapos y guapas hubieron a pasto en las olimpiadas, y francamente ver a tanto deportista bonito y buenazo hacer lo suyo fue un gusto amplio y merecidísimo.

No sé qué será de mí en el futuro inmediato, pero a mediano plazo he decidido apuntarme de voluntaria para los próximos juegos olímpicos brasileiros. Esto lo decidí cuando vi las competencias de carreras de velocidad y reparé en las chavas que están detrás de los corredores cuando éstos llegan a su carril en pants, y ya ubicados se quitan los supradichos pants para quedarse en traje de carácter exhibiendo la musculatura en todo su esplendor. No vi un solo competidor ñango. Yo quiero ser una de esas edecanes que, con una cajita de plástico, esperan a que el corredor se termine de quitar todo lo que le estorba, lo arroja a la cajita, y ellas se encargan de sacar la cajita de la pista. Imagínense estar contemplando cómo uno de esos negrotes ponchadotes y grandotes se desviste a unos cuantos centímetros de uno… Definitivamente yo quiero ser edecán otoñal en Brasil 2016, aunque corra el riesgo de que en cuanto cargue la caja con la ropita del atleta, ipso-facto hunda la cabeza en el contenido para inundar mis sentidos con el aroma del pelao y así, con la cabeza dentro de la caja, abandone las pistas.

¿Será penado eso?

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