Queso

– Mamá, ¡cómprame un perrito!
– Ahora no, Isa, estoy ocupada.

Isa estaba sentada en el banquillo de la cocina, mientras miraba el televisor. En él, se veía un bulldog inglés blanco, de esos que tienen una mota café en el ojo. El narrador decía que el perro le había salvado la vida a una niña al sacarla del río.

– Si yo tuviese un perrito, lo peinariiiia… y lo bañariiiia… y lo vestiriiiia… y lo abraz…
– Sí, sí, Isa, pero aquí no hay espacio para uno de esos.
– Está el jardín.
– Están mis flores. Además, son muy sucios.

Isa revolvía el cereal. Cucharadas, trazos, cucharadas, trazos y trazos.

– Ya, mira como ha quedado mi dibujo.
– ¿Tiene perros?
– Eh, nooo. Bueno, uno. Tal vez dos. Unos cuantos, ya sabes.
– Entonces no lo quiero. Se me hace tarde.

Cucharada, puerta abierta, cucharada, puerta cerrada, entonces Isa suspiró.

– Si yo tuviese un perrito…

Se sentó en el diván y subió los pies. En el televisor: “Mascotas increíbles”. Isa se sobaba la cabeza. Tomó una fritura de la mesilla del centro. Apagó el televisor. Se dirigió a su cuarto y colgó su dibujo junto al resto. Contó seis filas con doce dibujos cada una. Se asomó al jardín y no había nadie. Bajó las escaleras y no había ruido. Subió a la terraza y abrió un libro: “Cómo entrenar a su perro”.

Seis tonos y sonó la contestadora:

“Isa, ya voy para allá. Te llevó una sorpresa. En la alacena hay una bolsa de spaghetti, ponla a hervir en una olla grande y échale un diente de ajo y dos trocitos de cebolla. Besos.”

El libro estaba en el piso. Se abrió la puerta. Los ladridos subieron las escaleras antes que la mujer.

– Isa, no te dije que…
– Perdón, mamá, estaba cansada.
– Mira quien llegó.

El animal no medía más de treinta centímetros. Era blanco con un mechón gris en la cabeza. Le faltaba una pata y era particularmente feo. Se le subió en la pierna a Isa.

– ¡Mi perrito!

El primer día, Isa se levantó muy temprano y le dio de desayunar a Queso. Si, ya sé, que nombre tan tonto.

– Óyeme, tu estás aquí para contar la historia y nada más.

Cierto, cierto. Como decía, Isa sacó a pasear a Queso. Bueno, para ser sinceros, Isa salió a pasear con el perrito en sus brazos, tenía tanto miedo de que se le escapase que no lo dejaba ni tocar el suelo. Cuando el animal empezó a retorcerse en sus brazos, se metió a una veterinaria. El médico miró la criatura con desatino y le preguntó a Isa el nombre de su mascota.

– Se llama Queso.

El veterinario procedió a poner a… ya, en serio, Isa, ¿por qué le pusiste así?

– Pues ¿no le ves la cara? Es redondo y blanco y pues así, tiene cara de queso.

Anda, bueno, bueno. El veterinario procedió a poner a Queso en una mesa y le revisó las patas.

– Tu perro está muy sano, ¿qué es lo que buscabas?
– Básicamente, una correa. Algo para que no se escape.
– Pues la correa es opcional. Los perros de esta raza son bastante dóciles. Si los tratas bien, es probable que puedan caminar a tu lado o correr sin irse muy lejos.
– Pero más vale estar seguros, ¿no?
– Buen punto. ¿De qué color?
– Verde esta bien.

El segundo día, Isa bañó a Queso y le cepilló el cabello hasta que se quedó dormido. Cuando se despertó, le dio de comer y le leyó un libro en voz alta. No es como que a Queso verdaderamente le interesase lo que Isa le leía, sin embargo, ambos habían estado solos mucho tiempo y la mútua compañía era reconfortante. Queso se acurrucó en las piernas de Isa y se quedaron dormidos hasta que la madre llegó.

El tercer día, Isa sacó a Queso a pasear con su verde correa atada al cuello. El perro caminaba altivo y confiado e Isa sonreía mientras los otros perros del parque se acercaban a oler al nuevo. Era el lugar favorito de Isa, había pasado ahí mucho tiempo jugando con otros perros y se sentía tranquila cuando se sentaba bajo los árboles.

El cuarto día, Isa se la pasó todo el día frotando y acariciando el cabello de Queso. Fue entonces que le mordió la mano.

– ¿Por qué hiciste eso?

Nunca podremos saberlo, porque los perros no hablan… pero el alma sí. En los ojos de Queso se veía una mezcla de desesperación y arrepentimiento. Tenía el ceño fruncido, la boca apretada y las fosas de la nariz expandidas. Isa no estaba molesta, aunque sí confundida. Ese día se fue a dormir y dejó a Queso en su caja.

El quinto día no se vieron. Ni el sexto. Al séptimo día, Queso se acomodó en el regazo de Isa, quien leía “Seda”. La mascota frotó su cabeza dos veces contra el abdomen de la niña. Entonces fue que ella volvió a acariciar el mechón gris que coronaba al perro. Esta vez, sólo fueron unos minutos. Depositó a Queso en su caja y se fue a la cama.

El octavo día, Queso se despertó muy temprano y se subió a la cama de Isa. La sacó a pasear. Esta vez, la correa verde se quedó en casa. Llegaron a un pequeño paraje con una cabaña en el centro. Isa le compró agua a Queso y se compró un café. Se sentaron lado a lado. El perro recargó su barbilla en la pierna izquierda de la niña. Ella tocó su mala pata. El animalillo chilló agudamente y con fuerza.

De pequeño, Queso vivía en el parque que Isa solía visitar. La vio jugar un par de veces con otros animales, pero él nunca se acercó. Sabía que Isa sólo escogía a lo más bonitos, los más peludos, los más tiernos. En ese entonces aún tenía pata. Un día de verano, una niña se acercó y vio a Queso correr en el parque, si algo tenía es que era muy rápido. La niña lo tomó con cuidado y lo llevó a su casa. Lo bañaba, lo peinaba y lo sacaba a pasear regularmente. Él frotaba su cabeza contra la pancita de la niña cuando la veía llorar y la hacía reír sacudiendo sus belfos.

Un día de invierno, Queso estaba echado sobre la cama de la otra niña, la que no era Isa. Oyó los gritos de un hombre y una mujer. Luego platos, gritos, platos, gritos y gritos. La pequeña entró corriendo a su cuarto y azotó la puerta, se acostó sobre la cama. Queso se acercó con cuidado y puso su barbilla sobre la pierna de la niña. Ella lo retiró hacia un lado. Entonces se subió a la cabecera y puso una pata en la cabeza de ella. La mujercita cerró los ojos y estiró la mano con fuerza. La ventana estaba abierta.

Los padres de la niña no querían un perro cojo. Además, era muy cansado escuchar sus lamentos por la noche. El domingo siguiente, regresaron al perro a donde lo habían encontrado. Los demás perros del parque lo acogieron, pero los visitantes del parque no. Queso se acercaba a los niños pequeños y ellos lo pateaban. Se acercaba a los ancianos y ellos se alejaban. “Cojo”- le decían- “cojo y feo”. Fue entonces que Queso dejó de acercarse a la gente.

Un día llegó una mujer como buscando algo. “Este es perfecto” -dijo-. Tomó al perro en sus brazos y lo subió a su camioneta. Fue entonces que supo que su nombre sería Queso.

Ahora Queso sentía un profundo dolor en su pata. La herida nunca cerró realmente. Isa lo notó cuando vio algo rojo en sus dedos. Se asustó mucho y acudió corriendo al veterinario.

– Sólo hay que coserlo, ¿cómo es que no lo vi antes?
– Seguro fue porque la herida estaba cubierta de pelo.
– Es probable. Pero bueno, ya te lo puedes llevar.

Al noveno día, Isa se quedó en casa a cuidar a su perro. Le curó la herida con agua oxigenada un par de veces. Frotó su panza, cabeza, panza, cabeza y cabeza. Queso había sido pateado y rechazado tantas veces, que le costaba mucho trabajo creer que Isa lo estaba cuidando en ese momento. Por eso la mordió el otro día. Pensó que lo que seguía era la ventana. Y la caída.

El décimo día, Queso se paró muy contento. Despertó a Isa con un lengüetazo y la encaminó a la escuela. A la salida, ya la estaba esperando. Caminó junto a ella hasta la casa y se acomodó en su regazo hasta que terminó la tarea. Después, subieron a la terraza y ella se puso a leer “El Encanto del Erizo” en voz alta. Queso se acomodó a su lado. Ella lo abrazó con fuerza por el cuello.

Cuando despertó, no vio a Queso. Tampoco había ladridos. Entonces sintió algo duro en su espalda. El perro yacía inerte sobre el sillón. Isa se asustó mucho y comenzó a llorar. Acarició el mechón gris.

– Despierta, Queso, ya es hora de ir a la escuela.

Nada. Ni un ladrido.

– Anda, flojo, vamos a llegar tarde.

Sin respuesta. Lo sacudió un poco y cada vez con más fuerza. Cuando vio que su pecho no se movía, lo tomó del cuello, lo acomodó en su regazo y lo abrazó fuerte, muy fuerte. Luego lo soltó. No se movía. Isa se dirigió al jardín con el bultito en sus manos. Su madre había hecho unos hoyos para plantar rosas y tulipanes. Acomodó a Queso en uno de ellos y frotó el mechón gris. Luego se alejó. Tomó una tablilla y escribió en ella:

“Aquí duerme Queso. Perdona que tanto calor te haya derretido.”

Caminó nuevamente hacia el jardín con la tablilla en una mano y el hombro derecho en la otra. La cabeza agachada. Cubrió el cuerpecillo con una manta que encontró en el cobertizo. Se sentó en el pasto junto a él, una mano en el mechón, cara, mechón, lágrima, mechón, lágrima y lágrima. Ahí pasó el viento y los pájaros. Silencio. Tres horas parecieron diez minutos. Entonces cubrió la manta de tierra y colocó la tablilla sobre el montículo. La hundió un poco hasta que se quedó quieta.

Ya no llores, Isa.

– Lo ahogué, ¿entiendes? Lo ahogué. Tenía tanto miedo de que se fuera. De volver a estar sola. Era un perro precioso, ¿sabes? Con su mechón gris y esos ojitos que lo decían todo, aunque no hablara. Con él me sentía importante. Sólo quería demostrárselo. Eso. Que era importante para mí y que me hacía sentir importante.

Hay otras formas. A lo mejor lo sabía. A lo mejor no.

– Mejor estar seguros, ¿no?

Tal vez. Depende. No a todos les gusta que estés encima de ellos. Hay que darles su espacio.

– Yo sólo quería que lo supiese.

El libro estaba en el piso. Se abrió la puerta. Los ladridos se escuchaban en el cuarto.

Despierta, Isa, es hora de ir a la escuela.

Era el onceavo día.

Ricardo Reyes

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