Todo es emoción

Desde mi punto de vista, los seres humanos somos eminentemente emocionales. No obstante podamos compartir esta particularidad con muchos otros seres vivos, en el caso de nuestra especie podemos gozar y padecer nuestro entorno dependiendo de la emoción. Cada persona posee “dosis” específicas de diferente emocionalidad, y esto hace que cada uno de nosotros seamos diferentes a los demás. Podrán existir personas físicamente idénticas en las que el rasgo distintivo es emocional: la personalidad, algunas mañas o costumbres, susceptibilidad ante ciertas condiciones determinadas, etc. La maravilla de los seres humanos radica precisamente en esta diversidad.
Ahora, hay individuos más emocionales que otros, de eso no hay duda. De ahí que me da la impresión de que nuestro cuerpo e intelecto funcionan como un contenedor de toda nuestra emoción. Hay contenedores que soportan mejor su carga emocional que otros, ya sea porque el contenedor es robusto, o bien porque la emoción es moderada. Hay individuos que apenas podemos contener la carga emocional con la que nacemos, que es como un magma en presión constante, sin embargo nuestros contenedores son robustos, o bien nos vemos en la penosa necesidad de tomar acciones temerarias para liberar presión como si se tratara de una olla exprés, y entonces entramos en situaciones que molestan, angustian, intrigan, o simplemente entretienen a las personas que nos rodean mientras nosotros tratamos de recuperar algo de lo que estamos perdiendo en esta etapa de “despresurización”. Cuando pasa la crisis nos hemos de ocupar de levantar el reguero que dejamos, y seguir recolectando los restos de lo que deseamos conservar o restaurar, como la autoestima, la presencia de ánimo, la paz interior, y la claridad.
Hay seres extraordinarios que nacen con una carga emocional inconmensurable, y con dones que les permiten crear cosas bellas, una combinación perfecta y mortífera a la vez. Estas personas a través del arte permean su inmensa emocionalidad, y así los que podemos vivir conociéndolos gozamos de su pintura, música, relatos, representaciones, direcciones, interpretaciones, espacios, sonidos, olores, sabores, y todo lo que estas personas mágicas y ultraterrenas nos comparten.
Hay veces que estos seres contienen y liberan su emoción de forma que nos duran muchos años, y durante más tiempo podemos deleitarnos en la certeza de que pronto podremos maravillarnos con una nueva obra de ellos, que tal vez podamos conocer y asombrarnos dentro de un nuevo edificio, ver una película que nos conmueva hasta la taquicardia explosiva, engancharnos con un libro que no podamos soltar hasta terminarlo por completo, o azotarnos sabroso con una canción que nos hable una soledad con la que nos identificamos.
Para nuestra poca fortuna, hay seres que no nos duran tanto. Hay seres que de tanta emoción quiebran su contenedor. Hay seres que la presión los rebasa.
Entonces explotan como una palomita de maíz, dejando que la emoción vuele y se libere del estuche, por medio del cual ocurrían las cosas que la gente normal podemos percibir.
Para nuestra gran fortuna, el rastro que dejan tras de sí nos permiten seguir gozando de su arte, y la estela de su hacer permanecerá para siempre.
Los juicios sobre las causas de la desaparición de estos seres extraordinarios como las adicciones – que si bebía mucho, que si fumaba mucho y de todo, que si le faltó el aire a la hora de la hora, que no comía, que comía de más, que si le dio por el metodismo (a meterse de todo) etc. – para mi gusto son juicios cortos. Las moralejas moralinas sobre estos eventos como “las drogas matan”, “el alcoholismo es el peor enemigo” etc. se me antojan ramplonas, y propias de las personas que no conocen las pasiones emocionales, o dicen no conocerlas, pues conocerlas no solo es gozarlas, sino también sufrirlas, y mucho.
Que si la Amy se murió de alcoholicota, que le cayó de peso el síndrome de abstinencia… que no, que fueron las drogas, o que fue la falta de ellas… creo que está de más hacer conjeturas sobre el fatal desenlace de una vida intensa. Opino que hay que sentirnos dolidos porque ya no creará, y afortunados por lo que llegó a hacer, y lo que en su corto tránsito por la vida nos ha dejado.
¡Salud!

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La Bruja se construye con arquitectura e historia, se deconstruye con cigarro y tequila, y escribe lo que sucede mientras se reinventa.