Ultraman o mi excesiva tolerancia a la diversidad

La tolerancia, tema en boga y manoseado cual Fichera del Dos Naciones, nos remite a ese deber ser con “el otro”. Esta moda buena ondita trasluce un dejo de racismo y arrogancia, políticamente correctos, que se han convertido en un valor.

Trato este tema debido a que la tolerancia trasgredió y corrompió el último valor que yo creía sin mácula en mi haber, el último reducto de pureza: el estético.

Todo comienza con unas fraternas cervezas en algún lugar donde abunda gente desconocida. Va aumentando la ingesta y los prejuicios disminuyen, el intelecto y el cuerpo se sueltan. Todo pareciera bien hasta ahí, sin embargo, cito de manera literal al conserje del edificio de Charles cuando lo ve llegar caminando con Jorge y en las manos llevan bolsas con caguamas a minutos de fenecer: “Les va a hacer daño jóvenes”. En efecto cual sibila u oráculo griego presagia asertivo la conclusión de la historia.

Permeado por los mensajes gubernamentales de tolerancia y con mi inconsciente cachondeado por el alcohol, se detona una paradoja: Bebo y tolero, pero entre más bebo, tolero menos lo que bebo. No hay equilibrio en ello y siempre se queda insatisfecho por algún motivo.

Ya entrados en tragos me vuelvo tolerante a vincularme con mujeres de más de 25 que buscan novio, con mujeres divorciadas que tienen hijas adolescentes, con adolescentes que viven con sus madres divorciadas, con mujeres casadas, insatisfechas, que mantienen al marido y que no lo sueltan porque “con qué ejemplo van a crecer sus hijos”, con mujeres que te vampirean la energía hasta la médula, con mujeres con una inteligencia menor al promedio, con mujeres frívolas bien documentadas en el “Quién”, con mujeres bien vestidas que buscan desestresarse, con mujeres arpías chupasangre en busca de casarse, con mujeres locas que por eso se vuelven seductoras y con mujeres depresivas, cliché de todos esos grandes momentos de la literatura y de esas grandes náuseas de esta realidad.

Sigo tomando y todavía me vuelvo más tolerante, y no sólo eso, me acerco a las mujeres con la sonrisa encantadora y la mirada vidriosa por ello brillante en apariencia. Elocuente en la charla, al fin consigo iniciar el coqueteo. Continúo con el soliloquio (que me interesa más a mí algunas veces) y con la bebida y con la tolerancia y de pronto todo muta y todo es bueno y me permito alguna libertad o audacia que ya para ese estado son artes mayores.

El tema hasta aquí ya no son las características antes mencionadas, que en sobriedad la mayoría de esas mujeres no serían blanco de mis afectos, pero que el discurso de la tolerancia amarinado con cerveza da por resultado un estadio generoso para compartir besos con algunas o con todas ellas. La cuestión y donde estriba el problema es que, además de los perfiles mencionados, el canon occidental no las consideraría para integrar eso que llaman: “lo bello” y sin importarme eso yo de manera tolerante las beso con igualdad, justicia y equidad, porque es lo que debe de ser, aunque ello conlleve a replantearme desde qué punto voy retomar el valor estético que a mi parecer he devaluado.

Aclaro que no es una reflexión culpígena, simplemente quiero anotar como el discurso oficial puede llegar a trastocar nuestras más firmes creencias y volvernos permisibles a lo que él impone.

P.D. Ahora sé porque cierro los ojos al besar: por si acaso…

P.D.2 Ultraman es famoso por echarse a cada monstruo…

P.D.3 El Dos Naciones es una cantina muy recomendable en la calle de Bolívar en el Centro Histórico de la Ciudad de México donde, en efecto, hay Ficheras para bailar y arrimarse sus partes con ellas y acercar las manos, también, a sus partes por una módica cantidad.

Rafael Merino Isunza

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