Variaciones

Hombres leyendo, Francisco de Goya, 1819-1823

Hace algún tiempo, mientras me hallaba escribiendo este relato, oí que afuera gritaban levemente mi nombre, pero no me levanté ni respondí. Llovía. Los gritos eran demasiado débiles y no me gusta tratar con tímidos.

Al día siguiente, a la misma hora, oí los gritos nuevamente; esta vez eran más fuertes y resueltos. Pero tampoco quise abrir porque no me agradan los que se corrigen demasiado pronto.

El día posterior, siempre a la misma hora (siempre a la misma hora), los gritos fueron repetidos en tono violento y antes de que pudiese levantarme vi abrirse la puerta y adentrarse la infame figura de un hombre bastante joven, el rostro desmadejado (lo que eso signifique), la cabeza abyecta que inclinaba torpemente sin decir palabra. Me miró por un momento. Se siguió de frente hasta el viejo sillón. Dejó caer todo su peso como si cargara sobre él una fatiga milenaria. Dio un largo suspiro con la boca abierta. Me miró de nuevo. Dijo mi nombre sin afán ninguno de dirigirse a mí. Sacó de entre sus ropas un libro amarillento y lo abrió en una separata. Vi el nombre de Papini en la portada. Pensé que el hombre me diría algo, pero no; se consagró a leer con fruición y yo no le dije nada porque no me gusta interrumpir la lectura de nadie.

Lo miré estupefacto varios minutos. Confundido, vagué un rato por las habitaciones escrutando con desidia las paredes, sin sentido. Fui a la cocina y desde la puerta me puse a observarlo. Advertí sus zapatos hechos un desastre, abiertos, mostrando parte de sus dedos destrozados. Fruncía el ceño y movía los labios: leía. Me serví un vaso de agua y regresé a la estancia. El hombre: impasible; mi escritorio: aguardándome. Me senté a escribir con cierta incomodidad pero con gran apuro. Continué con la escritura de este relato, una historia en la que había trabajado tanto tiempo y en la que ahora parecía inmiscuirse el hombre a mis espaldas. Le tomé un ligero rencor, pero lo olvidé pronto. Transcurrió largo rato en que incluso había olvidado ya lo sucedido, cuando oí que el sujeto volvía a pronunciar mi nombre con una voz profunda, casi lúgubre. Me volví asustado. El eco de su voz rondaba aún en mis oídos y en los distintos aposentos. No despegaba la vista del volumen y no fingía (o por lo menos yo estaba seguro de que no fingía). Retorné un poco contrariado a mi trabajo pero resuelto a que nada me distrajera de mi empeño. Afuera seguía lloviendo.

Alrededor de las once de la noche me levanté de mi escritorio y recordé que el hombre no se había movido de su asiento. Creí que era hora de mostrar un poco de cortesía. Fui hasta su sitio. Me paré frente a él con gran compostura, mas no atiné a decir una palabra. Opté entonces por acudir a la cocina a calentar un poco de café. Junto a la estufa colegí la frase que utilizaría para dirigirme a él. Me bebí un vaso de agua y regresé a la estancia.

—Señor —dije—, usted y yo no nos conocemos pero, ya que se halla en mi casa, permítame ofrecerle un poco de café o incluso, si usted acepta, puedo preparar una modesta cena para ambos. ¿Qué me dice?

El hombre pareció no escucharme. Le repetí mi propuesta pero comprendí que yo no le interesaba. Leía un libro en mi casa, sentado en mi sillón, pero yo no importaba. Suspiré. Mientras preparaba la cena me descubrí lágrimas en los ojos. No importa. Me senté a comer enfrente de él e intenté charlar pero era imposible. Más tarde volví a leer el relato que estaba a punto de concluir. Corregí ciertas desmesuras y aclaré las oscuridades. Era casi la una de la madrugada. No me agrada desvelarme tanto.

—Disculpe —le dije al hombre—, se queda usted en su casa, voy a dormirme. Que pase buena noche.

Previsiblemente no obtuve respuesta. Me encerré en mi habitación, me arropé y apagué la luz. Oía los balbuceos del hombre al leer y me llegaba una leve angustia. Sin embargo, logré dormirme. Recuerdo vagamente el sueño que tuve.  Me hallaba sentado en mi escritorio escribiendo este cuento. Había un hombre que leía atrás de mí y ocasionalmente pronunciaba mi nombre. Justo cuando me encontraba a la mitad del sueño, un grito me devolvió. El sujeto gritaba mi nombre como llamándome, casi un lamento. Mi primer impulso fue envolverme en las cobijas. Un terror súbito. Pronto pensé que tal vez de verdad necesitaba algo. Me levanté con cautela y alcancé la estancia. Seguía leyendo.

—¿Necesita algo? —le pregunté— ¿Acaso le ha venido el apetito? ¿Quiere utilizar el baño?

El hombre, por única ocasión, desvió la mirada del texto y me vio. Hubiera preferido que no lo hiciera. En sus ojos guardaba una rosa oscura. Una cosa muerta, un espejo roto. Odio a la gente poco cortés.

Fui a mi escritorio y vi los originales de mi relato. Me dio vergüenza. Frases engorrosas, giros poco afortunados. Un final predecible aún no escrito.

Oí que gritaban mi nombre. Me volví. El sujeto del sillón no había sido. Gritaron una vez más. Era en la calle. Me senté y comencé a borronear las hojas. Los gritos todavía eran demasiado débiles y no me gusta tratar con tímidos.

Alejandro Arteaga.

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