Votar o no votar, he ahí el dilema

El cinco de julio hay elecciones en México. Yo todavía estaré medio atontada por las horas de vuelo, desubicada después de cinco meses lejos y quizá medianamente cruda por después del toquín del Alicia, pero sin importar nada de lo anterior iré a mi casilla de la Colonia Condesa a llenar mi respectiva boleta electoral.

No conozco a los candidatos: no hace falta, sé que ninguno de ellos me representa. Anularé mi voto, ni siquiera como forma de protesta, sino por pura lógica.

Los funcionarios públicos tienen un empleo, como todos nosotros. La diferencia es que, en su caso, nosotros somos los empleadores. Creo que todos podemos recordar la última vez que pedimos trabajo, y los filtros, papeleos, requisitos y pruebas que eso implica. Una vez que pasamos por todo ello, incluso nos envían a capacitación. Eso es un proceso normal para cualquier ámbito, pues todos los trabajos tienen su propia importancia. Por eso nunca he entendido que a mí, por ejemplo, para estar al frente de cien alumnos –cuatro grupos-, me pidan hasta la cartilla de vacunación y, en cambio, nosotros le otorguemos a un ser a todas luces incompetente el poder de dirigir el país entero. Anulemos el voto, no como medida de protesta, sino por sentido común. La próxima vez que estemos en una casilla –no en esta elección, sino en todas-, preguntémonos: ¿yo emplearía a alguno de estos carajones? Si la respuesta es no, lo más honesto es anular. Y no sólo honesto: lógico.

De cualquier forma, el panorama es desolador: la mayor parte de la población planea abstenerse, y los que piensan votar muestran una marcada preferencia por el PRI. Así que podemos prever, sin gran dificultad, que pronto tendremos un nuevo burócrata montando en la silla, elegido a tientas por la minoría. Seguramente la anulación masiva de votos hará ruido. El mismo ruido que hizo el plantón en Reforma. Ruido, sí, pero, ¿y las nueces?

La protesta nunca está de más. Siempre es necesario decir, señalar, hacer patente. Pero creo que tendría que estar seguida por acción social mucho más contundente. Deberíamos darnos a la tarea de crear un tabulador de sueldos, que realmente sea proporcional, es decir, acorde a la realidad de nuestro país y del pobre desempeño de nuestros funcionarios. El tabulador debería someterse a un consenso social, y una vez alcanzado el acuerdo, deberíamos actuar en comunidad hasta que se hiciera el ajuste pertinente. No se trata de matar de hambre a nuestros políticos –aunque tampoco es mala idea-, sino de estar, todos los mexicanos, en igualdad de condiciones, y dejar de desperdiciar el dinero en el rubro que, evidentemente, es menos productivo. Insisto, los empleadores somos nosotros, la ley y las instituciones deben servir a la Patria, no a unos cuantos. Anular el voto el 5 de julio debe ser el principio, no el fin, de un cambio que ya no puede esperar.

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Lectora.