¡Xipe…!

Una de las grandes ventajas de vivir en la Muy Noble e Insigne Muy Leal e Imperial Ciudad de México, es que uno puede ser víctima de momentos mágicos cuando más se necesita de la magia de las urbes multi centenarias.

He de referir como mero contexto histórico, que actualmente mi centro de inteligencia laboral se ubica en la zona de Zacatenco, por donde tiene su insigne campus principal el heroico Instituto Politécnico Nacional.

Pues bien, una noche en la que me encontraba yo en el mencionado centro de operaciones sin manera de regresar a mi hogar, por carecer de medio locomotor, un compañero tuvo la amabilidad y gentileza de darme un raid, evento durante el cual comprobé las dotes taxísticas del respetable conductor. Yo miraba azorada por la ventanilla del auto los nuevos rumbos y rutas que podría usar en caso de necesitarlo, cuando de repente apareció ante nosotros una alegoría luminosa que ninguno de los tripulantes supimos explicar, y que nos dejó embelesados en su contemplación. Se trataba ni más ni menos del edificio que, en Tlatelolco, alguna vez albergó a la Secretaría de Relaciones Exteriores ornado con grecas gigantes formadas con luces rojas y azules en su fachada. Más tarde pude averiguar que se trata de una instalación del artista Thomas Glassford, dedicada a conmemorar los 100 años de la UNAM, y que está inspirado en uno de los dioses que más escalofríos me causa del panteón de nuestros antepasados aztecas: ni más ni menos que el dios Xipe Tótec. Y me causa algo de escalofríos porque los sacrificios humanos que le hacían tenía que ver con desollar a un sujeto con la técnica y cuidado suficiente para que la piel saliera lo más completa posible, porque después el sacerdote de Xipe vestía esta piel, y ejecutaba los pases de rigor. Afortunadamente para el sacrificado, parece ser que primero lo mataban, y luego lo desollaban. Bueno. Si pensamos con algo de frialdad técnica, pues suena lógico que si se va a necesitar la funda de un pelao en buenas condiciones, desollarlo vivito y coleando implicaba harta dificultad. Todo tiene su razón de ser.

Regresando a lo nuestro, Xipe Tótec “Nuestro Señor el Desollado”, es uno de los tantos dioses aztecas relacionado directamente con los siclos vitales. A falta de consultar al gran maestro Antonio Caso, pues no encuentro mi libro “Los hijos del Sol”, me remito a la lacónica pero clara descripción de Jacques Soustelle en “El universo de los aztecas” donde comenta que es un dios de atributos complejos, que preside especialmente el renacer de la vegetación, de la estación que ahora conocemos como primavera, en donde las cosas que existen se renuevan, otras nacen, y se abre un nuevo siclo vital. Es decir, la piel se renueva, supongo que de ahí viene al asunto del dios desollado. Si son observadores cuando vean una representación de Xipe Tótec, podrán notar cómo le cuelgan unas manitas como guantes, o se distinguen detalles que delatan la piel nueva sobre la vieja. En fin.

El caso es que esta instalación tlatelolca —montada sobre un edificio que diseñó y construyó el arquitecto Mario Pani—francamente impacta al espectador, y sobre todo cuando no se imagina que se va a topar con ella.

Ahora no puedo dejar de buscar la instalación cuando regreso a la ciudad por avión, pues para mi gran fortuna he regresado de noche cuando la ciudad brinda un espectáculo impresionante en toda su extensión, y tampoco puedo evitar escuchar música de flautas prehispánicas dentro de mi cabeza cuando logro distinguir, entre la basta luminosidad nocturna, la instalación de Xipe Tótec, al mismo tiempo que la paz que acarrea el regreso al hogar inunda mi ánimo.

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